Un lugar extraordinario

El mundo está por inventar. Del mismo modo que la codicia de algunos hombres y mujeres reducen las sociedades a lugares de sufrimiento y a un territorio de pastoreo en los que los seres humanos son arrinconados en una falsa felicidad (esa que consiste en poseer aquello que no se necesita y otros te lo han colocado como una necesidad absoluta); todos tenemos la obligación de convertir nuestro entorno en algo amable, en un lugar extraordinario. El gran reto del hombre actual es dar la espalda a un sistema económico injusto y que se ha convertido en una trituradora de personas; el gran reto es diseñar lugares en los que las personas de todo el mundo se sientan orgullosas de estar, de ser.
Alguno estará pensando que sí, que esto es muy bonito, pero que resulta imposible. Otros pensarán que resulta imposible dar la espalda a ese sistema económico sin que se produzca un colapso total que convertiría en un infierno el planeta entero y provocaría sufrimiento a muchas más personas que las que en este momento carecen de esperanza. Pero ¿no estamos ya colapsados desde una perspectiva humanística? ¿No es un caos absoluto que millones de personas mueran de hambre mientras muchos menos acumulan riqueza y bienestar? Aquí lo que sucede es que nuestro sentido solidario es insignificante y tramposo; aquí lo que pasa es que nuestra libertad personal la hemos reducido a tener luz en casa (eléctrica) y agua caliente, a poder gastar dinero en gilipolleces. Aquí la única verdad es que somos miedosos, que no estamos dispuestos a sacrificar nada de lo que tenemos. Claro que podría cambiarse el mundo. Claro que sí. Aún me emociona ver cuadros y fotografías de aquellos que agarraban una bandera y no daban un paso atrás si les rozaban su libertad o sus ideales.
¿Qué le ha pasado al ser humano? ¿Tanto esfuerzo para quedar reducidos a esto? ¿Tanto ha cambiado nuestra condición? No quiero creerlo. El hombre nunca tuvo vocación de avanzar formando dóciles rebaños. El hombre lo que siempre tuvo fue vocación de ser inmortal siendo mortal. Y así demostramos ser mortales como cualquier otra especie conocida. El poder de los medios es tan poderoso que nos está dejando reducidos a la mínima expresión.
El mundo está por inventar. El mundo debemos rediseñarlo. Desde luego, nunca delante de un televisor o mirando con cara de lelos lo que sucede. Hace poco asistimos a unas jornadas en Gamonal que dan mucho que pensar. Lo de Ucrania es otra cosa aunque no se aleja de esa rebeldía que caracteriza a cualquiera que se siente pisoteado (lo digo con todas las reservas asistiendo en directo a una batalla campal inadmisible y no seré yo el que defienda un solo gesto violento).
¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar si, a cambio, tuviéramos la certeza de un mundo mejor para todos los hombres y mujeres del mundo? Me temo que no muy lejos. Nos han llevado a la renuncia personal, al abandono de ideales, a una renuncia impresentable frente a lo que pintamos en este lío que es la vida. Todos sentimos vergüenza aunque no nos movemos.
Sin embargo, esto cambiará porque el ser humano necesita sentir que lo es. En nuestras manos está la posibilidad de pasar a la historia como una página oscura (otra más) o como aquellos que tomaron una decisión crucial; la de ser personas y luchar por su condición más íntima.
No estaría mal pensar en ello. Ya lo han hecho durante demasiado tiempo por nosotros. Es nuestro turno.


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