Un montón de palos

Destrozar a una persona no es difícil. Al contrario. Si, además, se trata de alguien que te quiere la labor es sencilla a más no poder.

Pongamos el caso de un matrimonio cualquiera. Él o ella deciden que tienen derecho a decir cualquier cosa, lo primero que pase por su cabeza. Se le ocurre decir, por ejemplo, que sus problemas no le interesan, que son pura invención. No parece demasiado serio, pero lo es. ¿Existe mayor traición que esta? ¿Hay algo peor que ver cómo tu pareja te da la espalda? Supongamos, ahora, que el receptor se queda perplejo viendo al otro echando espuma por la boca y, supongamos, que rompe a llorar. Lo normal es que el agresor (le llamaremos así para entendernos) levante el píe del acelerador. Eso es lo normal. Pero volvemos a suponer que nuestro agresor decide que tiene a sus pies al pobre agredido, cosa que, por otra parte, es muy habitual creer cuando alguien llora puesto que se desnuda y queda indefenso. Ese problema no existe, te lo inventas, a ti lo que te pasa es… (llenen con un buen número de reproches estas parte), yo lo que estoy haciendo es poner las cosas en su sitio porque ya iba siendo hora de que alguien lo hiciera, me das asco (más espuma en la boca), ya no sé si te quiero. Mientras, nuestro agredido se hace muy pequeñito. Y, sencillamente, se convierte en un amasijo de piel y huesos.

Podría ser que esto fuera un momento de irritación, de enajenación, de defensa ante una situación antigua. Podría ser y podría justificarse. Pero si esto se repitiera dos, tres o cuatro veces, la cosa sería mucho más grave. Algo así se llama perder el respeto al otro, algo así se llama maldad, algo así es imperdonable. ¿Quién puede ver llorar a su pareja y decir, por ejemplo, “eres un rabioso” sin estar seguro de tener enfrente a una persona deshecha por la pena? ¿Quién puede llegar a límites parecidos y desear, al día siguiente, que todo sea igual que antes? ¿Es esto amar o, por el contrario, es odiar profundamente?

En todas las familias hay un hijo que se preocupa de sus padres más que los demás. Les lleva al médico, les saca a pasear, ordenan sus papeles, llama cada día para saber si todo está bien. Se convierten en el eje de su vida diaria y, curiosamente, en un saco al que patean sin compasión esos padres a los que cuida. No falla. Eso es así. Y cuando llegan los hijos que no aparecen salvo para pedir algo, los papás hacen fiesta y se desviven para que todo sea amor y felicidad. Injusto, muy injusto.

Estoy muy harto de escuchar como se justifican a mi alrededor cuando se trata de estos asuntos. Mientras alguien se pone hasta las trancas de medicamentos para no tirarse por la ventana, otro se dedica a justificar lo que hace echando más mierda encima. Nadie tiene la culpa, pero él o ella está hecho fosfatina.

Ya dije alguna vez en este blog que nos gustaría amar y no somos capaces, que nos engañamos con cualquier cosa para evitar asumir lo rastreros que somos y lo lesivos que podemos llegar a ser.

Hoy, alguien está intentando salir vivo de una situación imposible. Me consta que lo que está es recibiendo es un montón de palos en nombre de la sensatez, de la coherencia y de no sé que otras cosas. No me interesa. Lo que si me preocupa es que vea un punto de luz al final del camino. Y por eso le escribo aquí y le digo que agarre fuerte lo poco que le queda, que si ha tocado fondo lo que ahora hay que hacer es mover fuerte las piernas hasta salir a flote; que aunque esté muy escondida, la solución existe. Y, sobre todo, que si alguien puede hacer algo como lo que poníamos de ejemplo, lo mejor es alejarse sin pensarlo mucho.

Hoy es uno de esos días que preferiría no haber tenido que vivir. A ver si tengo suerte y se acaba pronto, puedo cerrar los ojos y pensar en ese tiempo en el que creí que las cosas eran mucho menos sucias de lo que son, en ese tiempo en el que aún conservaba la inocencia de un jovencito que miraba el mundo para ver valores que nunca encontró en su pureza. Un tiempo en el que era capaz de ilusionarse al pensar que las cosas podrían cambiarse con esfuerzo. Un tiempo condenado a ser olvidado por todos.


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