Un mundo nuevo

Me he acercado a dar un beso a Silvia. Antes de buscar un sitio tranquilo para comer. Y le he conocido. Eduardo es limpiabotas. Delgado, ojos claros rematados por un cerco violeta que resalta sobre el resto del rostro. Las arrugas marcadas por el arado de unos minutos intransigentes. Una dentadura sin repuesto por la falta de presupuesto. Así es Eduardo. Más o menos.

He mirado mis zapatos. Y estaban hechos un desastre. Así que he decidido pedir a Eduardo que hiciera lo que pudiera con ellos.

Mientras iba preparando sus cosas para limpiar la piel (ha utilizado la técnica de lavado al jaboncillo como sólo lo saben hacer los que han pasado un buen puñado de años en la tenería), ha comenzado a explicarme su teoría sobre algunas cosas del universo. Por ejemplo, el universo está en constante caída. Eso crea una cantidad enorme de energía y es eterno. Antes del principio el universo ya caía. Más cosas. Antes, hace doscientos mil años (o cuatrocientos mil, no lo sabe exactamente) no había noches y días porque alrededor de la Tierra orbitaba una pequeña estrella que provocaba la falta de noches. Estrella que cayó contra el planeta Tierra provocando el hundimiento de la Atlántida.

En fin, teorías algo especiales aunque contadas (se lo aseguro) con gracia y un convencimiento absoluto. Le he preguntado de dónde saca la información y me ha dicho de forma confidencial que ha leído tablillas de granito grabadas con información secreta que nadie está interesado en descubrir a la humanidad. Me ha hecho pasar un rato formidable. Y creo que él lo sabe.

Antes de irme hemos fumado un cigarro.

– ¿Sabe quién fue Zeus, don Gabriel? me ha preguntado empeñándose en no tutearme.

– Sí, algo sé de él.

– Pues se pasó de moda. Antes todo el mundo creía en él y un buen día le cambiaron por otro. Las cosas son así. Todos deberíamos pensar en ello. Sin darnos cuenta nos estamos quedando sin Dios porque la moda es otra y sin valores por lo mismo. Hágame caso, don Gabriel, que llevo en la calle muchos años y aquí es donde se parte el bacalao.

– No tire la toalla, Eduardo.

– No, no, yo no tiro nada. Lo que digo es que pronto tendremos que buscarnos las habichuelas en el planeta Venus. Es ley de vida. Se enfrió el sol y Marte se convirtió en un infierno. Se trasladaron los que pudieron hasta la Tierra. Pocos. Y no fueron capaces de sobrevivir aquí. Nosotros somos una mezcla entre marcianos y algún tipo de hombre con el que tuvieron contacto antes de estirar la pata. Y nos vamos a ver en las mismas cuando lleguemos a Venus.

– Ya, pues nada habrá que preparar las maletas, Eduardo. ¿Habrá Dios allí en Venus?

– No se haga ilusiones.

– Pues entonces yo me quedo, Eduardo.

– Usted verá. Yo saldré, si puede ser, en la primera caja de campo electromagnético.

Ha dejado los zapatos como nuevos.

Cuando un disparate se convierte en realidad el mundo cambia de forma radical. Y hoy mi mundo ha dado un vuelco. Ahora sé que todo vale.


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