Un pasado mentiroso

Durante muchos años pensé convencido que algunas cosas eran esto o aquello. Estaba equivocado. De niño me enseñaron que eran malas, buenas, pecados o pasaportes sellados que llevaban al mismísimo cielo. Y me lo creí. Tanto que lo arrastré durante más tiempo de lo necesario. Supongo que a otros les habrá pasado lo mismo.
Es evidente que mi familia (como casi todas las españolas del siglo XX) se apoyaba (o fingía estarlo) en una idea de la vida pegada a un catolicismo impuesto a sangre y fuego, mal entendido, mal explicado y peor vivido. Nuestro dictador caminaba bajo palio y avisaba del peligro de no creer en el Dios que le permitía matar enemigos, de no acudir con la cabeza agachada a las iglesias. Un peligro eterno. En este mundo ya se encargaba él de dar matarile a los que no tragaban. En el otro sería el propio Dios (pintado como justiciero e infalible) quien se encargaría de echar a los malos a cazuelas llenas de aceite hirviendo. Como cualquier niño fui aprendiendo las cosas que me decían. Y fui construyendo un entorno distorsionado por la falta de información, por la información sesgada y por la información de un catecismo arcaico y matarife.
Esto, tan fácil de contar, es muy difícil de vivir. El muro levantado entre la verdad y una existencia marcada para siempre por el fanatismo ideológico y religioso era de una inmensidad insolente y terca. Son necesarios muchos años para lograr superar la sensación de equivocación, la certeza de haber vivido una fantasía durante una etapa que debería haber sido placentera y fundamental para el futuro (mi futuro).
Cuando eres consciente de lo que ha sucedido (llegan los primeros libros prohibidos, las primeras ideas que destrozan tu pasado, una independencia ideológica que te hace dudar de todo) buscas un culpable. La familia, los profesores, algunos amigos que creyeron mucho más que tú esa patraña. El enemigo está en todas las esquinas. En ese primer momento de lucidez, arremetes contra cualquiera que está o estuvo en el camino haciendo guardia para librarte del mal. No alcanzas a ver que todos eran lo mismo, que tú mismo eras lo mismo. Una mentira extravagante que envolvía un mundo entero. Temes que esas rémoras te acompañen hasta el final, temes que alguien te mire y confirme lo imbécil que has sido. No recuerdas que eras un niño y que todo lo que se le dice a una criatura arraiga con fuerza.
Comienza un largo viaje que sólo se puede hacer en solitario. Mirando a los costados para evitar los peligros viejos, los nuevos. Enfrentando las cosas con decisión (tal vez demasiada), con arrojo (demasiado), con la carga de ideas que persisten aun habiendo sido desterradas (eso crees) para siempre. Un viaje al extremo contrario para regresar, como rebotado por una goma, a una posición intermedia que te permite vivir. Un lugar que parece ser tierra de nadie por desconocido, pero que, a la postre, está lleno a rebosar.
Lo malo deja de serlo, el pecado es cosa de cada cual inevitablemente, nadie puede ni debe perdonarte nada, lo bueno era un camelo y los pasaportes sólo los sellan en las aduanas. El mundo es un lugar en el que estás sólo y eso no es malo. Lo único que termina siendo fundamental es lo que piensas, lo que eres capaz de aportar desde la reflexión personal (todo lo demás es fruto de eso, cualquier cosa que hagas). El camino lo debes hacer en solitario aunque logres que otros a los que quieres lo hagan cerca de ti, en paralelo hasta que las decisiones se distancian igual que el trazado de la ruta.
Es posible que todo esto sea otra de las grandes razones por las que decidí escribir. Colocar cada cosa en el lugar exacto (al menos con la exactitud que un ser humano puede colocar cualquier cosa). Y por eso nunca tuve especial interés en publicar o ser leído (finalmente se han producido ambas cosas, pero no deja de ser una anécdota), por eso nunca aplaudo ni quiero ser aplaudido al decir lo que toque (esto es muy serio y andar mendigando comentarios u opiniones de tres o cuatro personas (siempre las mismas) no me produce el más mínimo placer ni la más mínima motivación).
Expermentar durante años una mentira tan descomunal marca una vida. Descubrir que todo lo que creíste cierto es una paparrucha es muy doloroso. Muy fácil de contar y muy difícil de vivir.


1 Respuesta en “Un pasado mentiroso”

  • Celina ha escrito:

    Amigo, Gabriel-Escritor. Hoy, tambièn, me ha gustado leerte…y, mucho, pero mucho màs que mucho.
    Gracias