Una Leyenda

Toledo es una ciudad arropada por las leyendas. Pasear con alguien de allí, que vaya relatando lo que sucedió en cada rincón, convierte el empedrado de las calles en una vida imaginaria e imposible que se puede saborear por el que escucha. Parece que el Rey moro o el Cristo de la Vega estén mirando a los que pasan con ojos de granito añejo, acechando a los incrédulos para hacerles creer lo que oyen. Cualquier cosa puede convertirse en una leyenda más. En Toledo eso puede pasar.
Camino del cementerio hay un banco de piedra que ha resistido durante años todo tipo de obras a su alrededor. Nadie toca el bloque de piedra gris, nadie se sienta allí. Una cruz pintada sin cuidado adorna el asiento. Es de color negro. Cuentan que una pareja de novios, a los que los padres habían prohibido andar juntos (en Toledo se dice así) se sentaron allí y decidieron que era mejor morir. Él se ofreció para ser el que terminara con aquel sufrimiento. La chica murió desangrada. Un corte mortal, profundo. Al muchacho le faltó valor para quitarse la vida. Desapareció dejando una nota en la que relataba todo esto. Nadie le volvió a ver. Los que conocen la historia esperan que el muchacho cumpla su palabra y regrese algún día para recibir la muerte de sus propias manos. A veces, pueden verse un par de flores secándose junto a la cruz negra. Esto sucedió hace más de cincuenta años, pero el banco sigue allí. Intocable como un altar pidiendo la sangre que le hace útil.
Siendo un chaval, correteaba delante de mi abuela Inocenta. Subíamos hacia el camposanto. Ella iba bastante rezagada junto a una vecina. Un día sí y otro no limpiaban las sepulturas de sus muertos. De los míos. Al pasar por delante del banco de la cruz supongo que estaba distraído con cualquier insecto o inventando alguna historia que me hiciera olvidar que iba a estar un buen rato entre ánimas que no se dejaban ver, pero que esperaban sentadas cada una sobre la lápida que les había tocado. Anduve unos metros y fue cuando me volví sorprendido. Un hombre, que me pareció mayor, estaba sentado allí, en el banco prohibido. “Oiga, mi abuela dice que ahí no se puede sentar nadie, que ese sitio está reservado para uno que tiene una promesa pendiente” le dije con preocupación. “Tranquilo, yo sí que puedo”. Se levantó y se fue por una pequeña callejuela. Había dejado un par de claveles sobre la cruz. No le conté nada a mi abuela. Si lo hubiera hecho se hubiera puesto a rezar con la vecina, incluso me hubiera tocado escuchar misa en la capilla del cementerio. Y las ánimas acechaban. Lo podía sentir con claridad.



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