Una nota y una canción

Si alguien me ha puesto las peras al cuarto alguna vez ha sido mi amiga Pilar. Otros me han reñido, se han enfadado, me han dicho que era esto o aquello, se han ensañado con o sin razón, pero Pilar no, Pilar lo que hace es aparecer (bien porque levanto la mano, bien porque se acuerda de que me tiene que poner en mi sitio), aparecer en el momento justo para recordarme que las cosas son como son y no como las quiero pintar.
Me consta que siente cierto aprecio por mí. Sin exagerar, eso sí. Sabe que en la vida las cosas ocurren y dejan cicatrices porque ella las tiene bien marcadas. Sabe que las diferencias entre los hombres y las mujeres existen y sabe cuales son, que la condición religiosa de cada cual no puede esconderse, que alguien puede parecer un imbécil y no serlo, que lo femenino es un arma poderosa, que la educación va por delante de los valores que manejas para que tengan fuerza si se airean. Y sabe algo que me conmueve profundamente cuando hablo con ella. Sabe qué soy, cómo soy, qué cosas me he dejado por el camino. Fuera de la familia es a la única persona que le oído decir (cuando llega el doce de mayo), Gabriel, ya sé que estas fechas son fastidiadas, tranquilo. Es la única persona que se ha fijado en una frase (al menos que yo sepa) de mi novela “In nomine filli” en la que dejo ver lo que supone un objeto de alguien querido que ha muerto. Leyó y me llamó para decirme lo que pensaba. Sabe buscar el detalle en lo que digo, sabe que es ahí donde se me puede encontrar, sabe que mi vida se construye sobre las cosas pequeñas porque son las que me han marcado.
Como sé que alguna vez me lee (le aburre soberanamente mi blog) aquí le dejo esta nota. Y una canción. Porque nosotros fuimos jóvenes. También lo fuimos sabiendo decir que Dios existe, que éramos capaces de amar y que queríamos ser escritores.
Ahora, ya lo sabes.


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