Una sonrisa a destiempo

La vida es injusta porque casi nada llega a tiempo. Uno espera que la fortuna aparezca por cualquier parte y cuando llega es una cosa inútil. Si falta el dinero lloriqueamos mirando la tela del bolsillo que cuelga, cuando lo tenemos nos falta una pizca de salud para disfrutar o los años no dejan que te muevas de la butaca; si sentimos que la vida se ha vuelto cómoda pronto aparece algo, alguien, que destroza la tranquilidad de la conciencia, que hace saltar en añicos lo poco que crees tener.
Me hago viejo sin poder dejar de pensar en aquello. Es una espiral que llevo sobre la espalda encorvada, difícil de sostener si no finjo una felicidad tan agrietada como la mano campesina. Dibujo su mirada en un pensamiento que va y viene sin dar tregua, una sonrisa que llegó a destiempo, los gestos acariciando cada palabra escuchada.
Igual que el animal olisquea nervioso cuando llega la tormenta la miré ese primer día. Nunca dejé de hacerlo así, con el temor en una mano, la rabia por no poder en la otra. Pasaban los días, llegaba el momento. Maldito ese minuto en que uno entorna la puerta y deja atrás lo que ha convertido en imposible.
Aún la puedo ver tumbada junto a la orilla de aquel lago, mirándome, alzando los pies llenos de tierra, avisándome de algo que ella también sentía llegar.
– Te irás otra vez ¿verdad?, me dijo dibujando un gesto de fastidio con la boca.
Levanté ligeramente la mano y moví un par de dedos para pedir que se acercara.
– No puede ser de otra forma. Cualquier otra cosa sería un error. Lo poco que tengo está allí. Volveré cada verano y será suficiente saber que eres feliz. El resto no importa. Sabes que he aprendido a conformarme con lo que solo puede ser.
– Y yo ¿no cuento?
– Claro que sí. Por eso he de marchar. Lo que te puedo ofrecer es poco, muy poco. No quiero tener que repartir y dejarte las migajas. Eso es cosa de miserables.
– ¿Por qué niegas lo que está pasando? Me estás obligando a no poder quererte, a tener que mirar hacia el lugar equivocado.
Le hice un gesto para que guardara silencio. Cerró los ojos y apoyó la cara sobre las palmas de las manos. Me acerqué para poder susurrarle una frase de Proust. El amor desgraciado, haciéndonos imposible la experiencia de la felicidad, nos impide, pese a todo, descubrir el vacío.
– Al menos bésame, me dijo sin retirar las manos.
Jamás lo hubiera hecho aunque un millón de veces imaginé que hacíamos el amor, que era lo que nunca fue. Y aún la puedo ver tumbada junto a la orilla de aquel lago, mirándome, alzando los pies llenos de tierra…


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