Uno más

A medida que pasa el tiempo, cuando uno se siente maduro, las emociones son otras.
He aprendido que la vida se sostiene sobre cosas muy pequeñas. He aprendido que la grandilocuencia de las ideas, las prisas por llegar y la belleza como último objetivo, es cosa de jovencito atolondrado. He aprendido que saber estar solo, asumirlo y disfrutarlo, es una excelente forma de vida. He aprendido a preguntarme quién soy sin encontrar respuesta, a escuchar a otros cuando hablan de mí sin dar la más mínima importancia a lo que dicen. En definitiva, he aprendido a emocionarme con pequeños detalles que antes pasaban sin pena ni gloria por delante de mis narices. Lo que llega de fuera ha dejado de tener importancia salvo en contadas excepciones. Lo que sale de dentro buscando refugio en otro es un grito de socorro al que nadie acudirá. Si el grito no se repite de uno a otro no hay encuentro posible. Lo pequeño que está dentro debe quedarse donde está porque es el soporte de uno mismo. Eso, también lo tengo bien aprendido.
Lo pequeño son esas cosas que pensamos y aún nos sorprenden por su inutilidad respecto al resto del mundo, por lo que se repiten sin significado aparente aunque las dejamos en reserva sabiendo que están por algo y que ya crecerán si toca. Lo pequeño es lo nuestro, lo más íntimo; eso que a nadie le interesa, eso que nadie conoce ni debería conocer jamás.
Lo pequeño que llega de fuera es eso que interiorizamos con rapidez poniendo a salvo un sonido, la imagen que otros nunca verán o la angustia de todos para hacerla propia. Ahora, sentirse vivo cuenta. Antes estar vivo era suficiente. Ahora la belleza del mundo se hace imprescindible. No hace tanto tiempo, la belleza se guardaba en un museo, en unas páginas o escrita en una partitura; podía esperar a ser reclamada.
Ayer, 1º de mayo, mientras caminaba bajo la lluvia, sentí que el mundo se reducía a las ilusiones, a la lucha de miles de personas que, desde sus cosas pequeñas, levantaban la voz para hacer el mundo enorme. Y eso me emocionó. Charlaba con Silvia de nuestras cosas, de las cosas que nos importan. Creo que todos hacíamos lo mismo. Allí no había bronca callejera ni algarada. Allí sólo había miles de futuros pendientes de grandes números, de grandes cosas, resistiendo desde su pequeñez, desde la emoción que causa saber que somos iguales. Todos somos iguales. Seres que se buscan en respuestas improbables, que sobreviven gracias a que las emociones van cambiando y haciendo soportable esto de vivir. Todos somos iguales, se pongan como se pongan. Uno por uno intentamos hacer realidad la vieja meta de llegar vivos al instante siguiente, al lugar en el que las pequeñas cosas de cada uno sean lo importante y no eso que nos cuentan de mercados y economías.
A medida que pasa el tiempo siento menos miedo por algunas cosas. Por mí mismo, por el futuro, por un éxito que nunca llegará, por los fracasos ya vividos. Por los poderosos porque les encontraré en el infierno. Y siento mayor atracción, casi obsesiva, por las cosas que parecen insignificantes. Una nota encontrada entre mis papeles viejos, un abrazo de un viejo amigo que se deja ver sin otro motivo que ese, la sonrisa de un chaval que desea ser escritor mientras le digo que en la vida todo es posible; cualquier cosa que me emociona con su tamaño enano.
A medida que pasa el tiempo me hago viejo y siento que es así; ahora si lo percibo con claridad. Soy capaz de colocar cada cosa en el lugar que más me gusta. Ajeno al resto, pero sabiendo que mi importancia es la de todos, que el mundo funciona porque uno a uno lo hacemos.
A medida que pasa el tiempo renuncio a lo que creía esencial y me quedo con lo que necesito para tirar de la palanca que mueve mi mundo. Una palanca repetida en cada consciencia que mueve el mundo.
Y me emociona saber que no soy el único que lo hace, que soy uno más.


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