Veinte minutos

Supo que el fin del mundo llegaba veinte minutos antes de que sucediera. Tuvo tiempo para ducharse con rapidez, vestirse (sus vaqueros preferidos, una camisa de cuadros, zapatos de ante) y sentarse en una butaca de la terraza. Trató de concentrarse en sí mismo. Lo bueno, lo peor, esas cosas siempre insustanciales que tomaban forma e importancia, las uñas sin arreglar. Encendió el que iba a ser su último cigarro y se acomodó tanto como pudo en el asiento. Pudo ver cómo el horizonte se inflamaba. Y justo antes de sentir el calor cerró los ojos para imaginar, aunque levemente, qué estaría haciendo ella.
El libro en las manos, sus gafas rosadas apoyadas en la nariz algo más abajo de lo normal, una sonrisa perezosa (cuando piensa en lo que lee y no le convence siempre lo hace), las piernas cruzadas, la alianza discreta. Levanta la vista. Me mira y extiende el brazo ofreciéndome la mano. Y la luz se hace tan intensa como la primera vez.


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