Veneno para vivir

Los que hemos practicado algún deporte con regularidad sabemos que un ciclista no puede hacer el Tour de Francia comiendo macarrones y durmiendo la siesta. Necesita algo más para terminar una carrera que se hace a velocidad de locos. Pero tampoco un hombre puede correr cien metros en menos de diez segundos bebiendo colacao, ni un levantador de pesas puede alzar tres veces su peso cuidando su dieta. Que no, que no. Para batir las marcas que hoy se alcanzan es necesario arrimarse a la química. Una pena, pero es lo que hay.
Me da la sensación que lo mismo pasa en el día a día de una persona cualquiera. En las oficinas ocurre que si alguien ve a otro tristón se acerca para ofrecerle una pastilla de nombre extraño y que te deja nuevo. Lexatín o tranqui no sé qué. Es evidente que un ser humano normalito no puede soportar su trabajo sin comerse una pastilla de vez en cuando. Trabajar es incómodo. Hacerlo rodeado de imbéciles que se creen los inventores del futuro es insoportable. Las amas de casa beben vino y cerveza en casa a base de bien. Normal. Hacer camas, lavar ropa, limpiar baños, guisar o coser los bajos de un pantalón es, simplemente, espantoso. Eso acaba con cualquiera. Me parece razonable que una mujer en esas condiciones se meta tres o cuatro cervecitas o medio litro de vino antes de comer. Otro medio litro después de la cena. Los niños comen bollos a dos carillos. Claro, después de pasar por el calvario de zampar en el comedor del colegio, no me extraña. Deben soñar durante todo el día con un sabor agradable. Cien por cien colesterol aunque lo mejor del día.
Lo que quiero decir es que, tal y como están las cosas, tendemos a envenenarnos para conseguir sobrevivir a una rutina que nos anula casi siempre. Creo yo que un tipo que se sube a un andamio y antes de hacerlo se bebe dos copas de ginebra, no lo hace para tener menos frío (en verano se las toma con hielo). Me temo que eso se hace para soportar una vida muy perra.
A mi me dio por algo mucho más nocivo que todo eso. Si hay una cosa que te permite seguir adelante es la escritura. Lo malo es que terminas medio tarumba o tarumba del todo. Escribes y entras en un mundo ficticio que te permite corregir lo que no te gusta de la realidad, encuentras explicaciones a esas cosas que suceden y te destrozan la vida, conviertes el mundo en algo manejable en el que se puede vivir con cierta comodidad. Es verdad que cuando un escritor se levanta de la mesa de trabajo se encuentra con el mismo entorno que los demás, tan hostil y tan desagradable como el mundo que se ve desde un andamio, aunque la ventaja es poderlo llevar (ese trabajo ya hecho) dentro de la cabeza (los andamios o los bollos no). Es como si el escritor fuera fabricando un lexatín enorme durante unos cuantos meses y lo tomase, poco a poco, en cada frase corregida. El efecto es parecido. Envenena y te permite vivir.
Se me ocurre una cosa. Hoy escribiré subido en un andamio, con dos o tres lexatines en el cuerpo, una botellita de ginebra a la derecha y un par de bollos a la izquierda. Igual todo esto suma y termino viendo un mundo extraordinario. O quizás me caiga y me despachurre contra el suelo. No lo sé. Y, la verdad, me da lo mismo.


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