Ver para creer

Escribo en el salón de casa. De vez en cuando levanto la mirada del papel para observar estupefacto como en la pantalla del televisor se puede asistir a uno de los espectáculos más lamentables que puedo recordar. La cosa va de chicas que quieren ser modelos. Todas menos una de ellas que no sé porqué ha hecho las maletas y se ha ido a su casa. Eso sí, entre lágrimas propias y ajenas. Una señora vestida de verde suelta un pequeño discurso al que sigue una ovación. Por ejemplo, ella dice “la vida es dura y un profesional no debe venirse abajo”. Ovación. La cara de ella podría ser la de Canovas del Castillo después de hablar en público sobre el futuro de la nación. “El que quiere triunfar debe trabajar para conseguirlo”. Ovación de la gala. Qué emoción de programa. Eso dice un tipo canoso que recuerda que gracias al apoyo de su madre está allí sentado. Aplausos rabiosos. La cámara enfoca a la hija de Martín Berrocal. La arenga esta vez se construye desde al apoyo a los profesores (la señora vestida de verde, un italiano que grita mucho y un señor que retrata a las chicas y dice barbaridades). El público que asiste al espectáculo en directo enloquece por momentos. Es el turno de la presentadora. Los de maquillaje y los peluqueros merecen un aplauso. Todos esperan la llamada de la señorita que se fue. Tiene una última oportunidad, pero nada de nada. Opinión de una compañera de la desaparecida: “si salgo de aquí por mi propio pie, de mi boca saldrá que este no es mi sueño”. Ustedes sabrán lo que quiere decir esto. El italiano grita. El calvo se ha puesto una peluca. Un tipo con unas orejas que parecen recién salidas de un bote de ácido sulfúrico quiere levantar a los espectadores de sus sillas y dice una gilipollez que no termino de escuchar. Silvia me corrige. No, no, es que se le cayó a su madre en la cera de depilar y no se dio cuenta hasta que cumplió los doce años. Un cartelito en la parte baja de la pantalla invita a que votemos si una de las chicas merece continuar en el programa haciendo el ridículo. Paloma sí o Paloma no. Agarro el móvil y escribo “Paloma estudia un poquito, coño”. Vergüenza ajena, creo. Bochornoso, patético y denigrante para todos excepto para ellos.
¿Es tan importante para alguien ser famoso, perder quilos hasta enfermar y pasear vestido de forma ridícula a cambio de un poco de dinero y unas fotos que dentro de veinte años te harán llorar al hacerte sentir fea, gorda y vieja? No puedo creer lo que veo.
La preparación académica ya no importa, que tus hijos digan barbaridades frente a una cámara mostrando lo peor de ellos es lo de menos, los valores que antes tuvieron alguna importancia se sepultan bajo las ruinas personales que se ganan a pulso unos jovencitos negando a todos, todo y a sí mismos.
Silvia decide ir a descansar. No soporta un espectáculo tan deprimente. Ha intentado encontrar algo en otros canales. Un ciego bailando el charleston, un capítulo repetido de los polis listos que encuentran pelitos en cualquier lugar de mundo, dos o tres políticos discutiendo sobre asuntos que no les interesan ni a ellos y anuncios. Apago y me apunto a eso de descansar. No cabe otra.


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