Vértigo

Otro que sale de viaje. Esta vez es Gonzalo. Doñana. Junto con sus compañeros de clase. La profesora encargada es la misma que me enseñó lo poco de biología que sé. Ella comenzaba a dar clase y yo estaba a punto de acabar mi etapa escolar. Recuerdo perfectamente que aprobé la asignatura con un ocho pelado. Qué curso tan divertido. En COU era la primera vez que me veía mezclado con chicas en un aula. Era el gran inconveniente de estudiar con los frailes.

Siento algo de vértigo. Mi hijo (afortunadamente desde el primer día de colegio con chicas alrededor) es, hoy, alumno de aquella jovencita que me hizo pasar las de Caín para conseguir que mi media no bajara en exceso. Su primer entrenador de judo fue Jesús. El mismo que el mío. Un excelente tipo que hizo maravillas con un servidor y ha llevado a Gonzalo a practicar un judo de categoría. Buena parte de mi carácter lo formé en el gimnasio. Gonzalo lleva ya la impronta de trabajar duro junto a un hombre tan rígido con sus pupilos como buena persona. Saber sufrir es fundamental. Lo agradecerá antes o después.

Mucho vértigo. Este año, su aula es la misma en la que estudié mi último año en ese colegio. Todo es muy parecido. Tan sólo las grietas en las paredes y mis arrugas dejan las cosas en su sitio sin dar opción a confundir los recuerdos con un presente que no deja huecos para nada que no sea la propia realidad.

El tiempo suena a fusta. El de Gonzalo no. Con su edad todo es eterno.

Gimena, Guzmán y Guillermo duermen. Silvia espera a que termine de escribir para charlar. Escucho a Gonzalo teclear en su portátil. Yo tecleo en el mío. En el mismo gimnasio, en la misma aula rodeado de chicas por primera vez. Y de fondo el sonido de una fusta que trato de esquivar.

Otro que sale de viaje, que se va haciendo mayor.


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