Viaje en el tiempo

Después de cuarenta y cinco años, siete meses y veinte días de viaje (eso dice el informe que se imprime en papel térmico), G. despierta. Ve, a través de la puerta de su cápsula, cómo otros hombres y mujeres se saludan entre ellos, cómo se miran en los espejos del fondo de la cabina. Algunos se estiran, otros mueven el cuello haciendo círculos, no faltan los que encienden un cigarro antes de hacer cualquier otra cosa. Empuja la puerta y se levanta con torpeza. Decide que la opción de los espejos es la mejor de todas. Se ha quedado calvo del todo, las arrugas se marcan con fuerza, una barba desigual cuelga con poca gracia. Menuda mierda de máquina, piensa. Alguien le prometió que el viaje sería como una casilla en blanco de su vida, estaría en perfecto estado de hibernación y sería como si el tiempo no hubiera pasado. Qué cabrones, dice en voz alta. Sus compañeros le miran extrañados aunque nadie contesta. Escucha por el altavoz que todo el personal debe dirigirse al comedor. Se sienta en una mesa en la que no hay nadie. En la bandeja una plasta amarillenta, un vaso de agua y diez o doce pastillas. Todos hablan entre ellos. G., acércate hombre, que nadie te va a morder. No contesta. Decide probar el potingue amarillo. No está mal. Se come las pastillas sin preguntarse para qué sirven. Tampoco están mal. Espera. Y es en ese momento (exactamente en ese instante) cuando se pregunta qué coño hace allí. Nunca subió a ninguna nave, nunca le dijeron nada de una cabina en la que hibernaría, nunca nada de lo que estaba pasando. Y en ese momento (exactamente en ese momento) se hace consciente de algo horrible. No sabe de qué, pero es algo horrible. Eso seguro. Mira a la derecha (el espejo es grande y amplia ligeramente la imagen). Su reflejo le parece extraño. Se reconoce aunque uno de sus gestos no le es familiar. Tal vez sea nuevo puesto que nunca antes se había encontrado en una situación como esa. Pero sólo tal vez. Una primera gota de sudor cae por la sien derecha. Le sigue otra. Y otra. Aunque da igual lo que pase. Sencillamente, no hay pasado, no hay nada salvo sensaciones de alguien extraño. Ajeno.


1 Respuesta en “Viaje en el tiempo”

  • Edda ha escrito:

    G., lo peor que puede hacer alguien nada más levantarse de la cama es mirarse en un espejo. Mejor quedarse con las sensaciones.