Volver a intentarlo

Conviene dejar un libro sin leer cuando se abre en un momento poco adecuado. Es recomendable y ya está dicho en alguna ocasión. Pero es necesario volver a intentarlo una vez que el criterio como lector ha mejorado, las ganas son otras o el tesón pesa más que la sensación de incapacidad (esto último suele funcionar mal y desemboca en un nuevo fracaso).
Existe una posibilidad intermedia. Y, muchas veces, efectiva.
Compré hace unos días un ejemplar del libro de Alessandro Baricco “Homero, Ilíada”. Suelo leer todo lo que se publica de este autor. No es que sea mi favorito, pero siempre encuentro en sus novelas algunos elementos que, técnicamente, me parecen más que interesantes. Compré el libro más por inercia que por otra cosa. Sin embargo, esa misma noche lo abrí para echarle un vistazo. Se lee casi de un tirón. Baricco suele escribir breve.
“Homero, Ilíada” es una reescritura de esa obra (“La Ilíada). Sin más. El autor añade algunos párrafos; a veces, alguna frase suelta; pero intenta respetar lo que se narra en el original. En un breve comentario previo, Baricco avisa de la eliminación de los dioses como personajes, como parte activa y fundamental de la trama. Y del cambio de punto de vista. Utiliza narradores personaje para hacer más fácil y cercana la lectura al que lo intente. Quizás esto es lo que traiciona de un modo más rotundo la obra de Homero. El personaje para los griegos era otra cosa bien distinta. Eran casi hombrecitos construidos por piezas y carentes de conciencia o voluntad. Al menos de conciencia o voluntad que no fueran entregadas por los dioses que Baricco hace desaparecer.
En cualquier caso, el libro pudiera servir de enganche para el que intentó la lectura de “La Ilíada” y fracasó, una aproximación en ese territorio intermedio que aporta una idea argumental más clara. Sobre todo para despertar el interés del lector por los clásicos griegos. Sí, esos a los que casi nadie lee.
Un lector cualquiera descubre que lo narrado es “chico enamora a la chica de otro, se la lleva a su casa y se lía la marimorena”. Ni más ni menos. Descubre que todos los temas que se tratan en la literatura actual son repetición de lo que ya contaban los griegos. Y que lo hacían muy bien.
Acercar la buena literatura al lector medio, a veces, consiste en desmitificar una obra u otra. Este caso es parecido a nuestro Quijote. Un chaval que se arrime a los personajes sabiendo ya, entre otras cosas, que se puede pasar un buen rato riendo con ellos, tiene muchas posibilidades de disfrutar de esa lectura. Si lo hace obligado, pensando que se va a tragar un tostón, la cosa se pone muy difícil.
Estoy convencido de que, tras la lectura de este libro, más de uno intentará leer a Homero. Más de dos lo volverán a intentar. Muchos volverán a cerrar “La Ilíada” decepcionados (ahora con ellos mismos y no con el griego). Y algunos lograrán terminarlo. Buscarán en la biblioteca de casa un ejemplar lleno de polvo de, por ejemplo, “La Odisea” o alguna tragedia. Y cambiarán los best sellers o los libros sobre templarios por estos otros. Descubrirán la literatura en los clásicos.
Y eso está muy bien. Baricco puede gustar más o menos, pero hay que agradecerle este tipo de iniciativas.
Me dicen que está trabajando con otro clásico para repetir jugada. Y yo estoy deseando leer ese trabajo para disfrutarlo y para prestarlo a uno de mis alumnos más jóvenes o a cualquiera de mis hijos.
Yo, como todos, he dejado algún libro sin acabar, sintiéndome incapaz de soportar un ladrillo así, preguntándome qué verían los demás para afirmar que se trataba de una obra maestra. Con el paso de los años descubrí que la pregunta debería ser otra. ¿Qué es lo que no soy capaz de ver? Si alguien como Baricco abre los ojos a lectores que andan despistados, mejor. Ojalá hubiera tenido yo este tipo de ayudas.
Voy a confesar algo. Uno de esos secretos que se guardan como si fueran las escrituras del piso. Esta misma tarde comenzaré a leer (hasta el final) “Doctor Faustus” de Thomas Mann. Escuchando la música de Art Tatum que siempre ayuda en las labores dificultosas. Como San Judas Tadeo. Pero a este le dejo para los imposibles. Es más efectivo.


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