Votos

¿Cuánto cuesta un voto hoy? ¿Cuatrocientos euros de descuento en la declaración de Hacienda? ¿Poder entrar en un templo sin sentir la sensación de ser una especie de hereje? ¿Liberarse del estigma antipatriótico que te pueden marcar a fuego en el caso de votar a otros?

Esto es sencillamente bochornoso. Unos y otros procuran atinar en la línea de flotación de millones de personas a los que, generalmente, lo que les importa es poder pagar la hipoteca, el recibo de la luz, el del colegio de los niños, poder seguir saliendo los fines de semana a tomar copas con los amigos o vivir con cierta tranquilidad.

Ver a los políticos arrastrarse para que, por ejemplo yo mismo, agarre la papeleta en la que se puede leer su nombre, en la que se dibuja un futuro magnífico (concretamente el suyo, el del político que repta pidiendo un poquito de poder) es patético. Aunque es mucho peor saber que alguien intenta decirte que Dios entiende de política o de asignaciones económicas. Eso no es así, se pongan como se pongan algunos. De esas cosas entendemos las personas. Y si tienen dudas, que se lo cuenten a los miles de religiosos que andan por el mundo cuidando enfermos de SIDA, enseñando a leer a pueblos enteros o fabricando pozos de agua. Aunque ellos sabrán lo que hacen. Los que nos declaramos cristianos también lo sabemos muy bien y somos muchos los que decidimos (hace años) pensar por nuestra cuenta sin tener que seguir un rumbo impuesto que no casa con un solo versículo de las Sagradas Escrituras. Ser cristiano no es sinónimo de ser un meapilas. Eso queda para los que aparecen en las iglesias porque así les dijeron que debía ser siendo niños y lo hacen por pura inercia o para que nadie les critique; eso queda para los que dicen ser religiosos a la vez que piden a los inmigrantes que se vayan a su país lo antes que puedan, eso queda para los que se han atrincherado en su chalet o en su cuenta bancaria dando la espalda a una realidad que quieren imaginar como se la cuentan en su periódico favorito o en la emisora de radio que defiende una única forma de ver las cosas.

Un voto cuesta lo que íntimamente queremos que valga. Ni cuatrocientos euros, ni una bandera, ni el cielo que nos tienen prometido. El valor del voto es el del compromiso que cada cual adquiere con su forma de pensar un mundo que se deshace. El compromiso con una idea que nos lleva al final del camino. Nunca podrá ser un voto lo mismo que un puñado de euros, ni un pedazo de tierra. Y mucho menos un voto servirá para tener más o menos fe. Eso lo dicen los que necesitan seguir sintiendo el dudoso placer de ordenar y mandar. Sólo ellos.


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