Ya basta

Somos muchos los que nos preguntamos qué es lo que tiene que ocurrir para que las sociedades se movilicen ante lo que está ocurriendo en el mundo entero. Es tal la parálisis de las clases medias ancladas al terror por poder desaparecer diluidas en la pobreza; es tal la mediocridad en la que se encuentra instalada la clase política a nivel planetario; es tal el materialismo que gobierna a las personas; todo es tan patético, tan absurdo, que nadie acierta a encontrar una tabla salvadora que no sea el dinero, el enriquecimiento rápido, fácil y tramposo; o el arrimarse a alguien o algo que le proporcione un bienestar sea al precio que sea. El mundo se ha convertido en un altar en el que se idolatra todo aquello que signifique un atajo para el individuo, en el que el sentido solidario es un chiste, en el que el individuo aislado prima sobre el sentido social. El mundo se ha convertido en el vertedero de ideologías, del pensamiento plural, de la justicia o de cualquier otra cosa que haga del ser humano lo que toca.
¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué futuro estamos construyendo? ¿Estamos preparados para afrontar lo que está por llegar? Somos muchos los que no sabemos contestar a estas preguntas; somos muchos los que no atinamos a decir nada sin caer en el tópico o en la demagogia espesa y estéril. Seguramente por la falta de reflexión o por el miedo a enfrentarnos con la realidad. Aunque me temo que son muchos más los que no se plantean nada de esto; bien por miedo, bien por desidia o porque pisan ese territorio que parece tan seguro (riqueza, poder político económico, social o religioso) y les aleja de la realidad. Una realidad que se volverá contra ellos antes o después. Siempre pasó. Lo triste es que, mientras les llega su turno, ni se plantean nada de esto ni les interesa nada de lo que pasa allí abajo.
Todos tenemos la culpa de lo que sucede. En mayor o menor medida, pero todos somos responsables. Por acción o por omisión. Mucho o poco. Por estafar o por dejarse estafar a cambio de no sé qué cosa inútil. ¿No era evidente que un trabajador no podía comprar un piso en la ciudad, otro en el pueblo para veranear y un coche que costaba el sueldo de tres años del sujeto? Era más que evidente. Los ricos (apoyados en los medios de comunicación que dominan) hicieron creer a todos que existía una clara posibilidad de prosperar, de llegar a tocar el cielo con las manos. Sin embargo, el resultado fue que ellos son, ahora, mucho más ricos y los que creyeron en su palabra les deben la propia vida. Envolvieron la codicia en normalidad, la entregaron en pequeños paquetes a través de los bancos (que también controlan) y dibujaron posibilidades al gusto de todos. Y la codicia, disfrazada de joven licenciado, de hombre de negocios capaz de todo o de taxista metido a especulador, es mala. La codicia es mala en sí.
Hemos llegado hasta aquí queriendo que nuestros dioses fueran el dinero, la mediocridad y la falta de pensamiento. Sí, lo hemos querido porque lo hemos permitido. Lo hemos hecho mientras nadie se quejaba. En España nos hemos vendido los pisos unos a otros cobrando precios insólitos. La excusa era que ya lo vendería el comprador a un precio mucho mayor. Así evitábamos un ataque de vergüenza. Los bancos concedían créditos a todo el que se asomaba por una oficina llena de ofertas y, después, invitaban a sus empleados a viajar entre grandes lujos para celebrar lo bien que llenaban los bolsillos a los que nunca lo podrían devolver. Los emigrantes nos parecían más europeos teniendo dinero y nadie se planteaba que estaban por aquí para quedarse con nuestros trabajos (luego ya sí, luego ya los vimos como chusma. Lamentable y absurdo). Los políticos festejaban sus inauguraciones y proclamaban que España era una máquina de hacer dinero con frases vacías y sin tener una sola idea en la cabeza. Pero los dioses suelen ser falsos o no entienden de estas cosas si son verdaderos. En cualquier caso, llegado el momento no contestan o están dedicados a otros asuntos desconocidos para los mortales. Así que fueron los hombres (los que controlan el cotarro) los que dijeron que ya estaba bien. Desmontaron el chiringuito y dejaron a millones y millones de personas adorando a peleles. Los que debían dinero no podían pagar, los que habían abandonado los estudios para conseguir dinero fácil no tenían ni una cosa ni otra, miles de personas eran más pobres y más incultas que poco antes. Y los mediocres se asentaban en los lugares cómodos para controlar.
Sin embargo, el ser humano es una criatura extraña. Siempre termina teniendo una idea que lo cambia todo, es capaz de descubrir el camino que le ha de llevar a un lugar en el que se pueda sobrevivir. La adaptación a nuevas situaciones es algo superado en muchas ocasiones por el ser humano. Nunca hubo ninguna que no fuera abordada y sobrepasada. El mundo termina pareciéndose al que queremos en cada ocasión.
Aparecerán hombres y mujeres que aporten soluciones. Los mejores estarán al lado de los más débiles. Tendremos un futuro para vivir. Cabe la posibilidad de que, un buen día, seamos capaces de construir un sistema económico distinto al que ordena el universo conocido. Tal vez, los malos paguen sus culpas. Porque el ser humano es maravilloso. Las redes sociales, pronto, serán una herramienta poderosa y bien gestionada en lugar de un patio de vecinos histéricos que tratan de hacer una revolución diciendo mucho y comprometiéndose poco. Todo sin excepción cambiará. Todo se moldeará para que continúe la fiesta.
Hay que confiar en el ser humano. Pero es imprescindible que digamos que ya basta, que se acabó el privilegio de unos pocos sinvergüenzas. El futuro lo tenemos que dibujar entre todos. Depende de nosotros que el trazo sea más o menos grueso. Desde el compromiso político, desde la solidaridad, desde la honradez y el respeto por las personas. No hay otro camino. El de internet es demasiado estrecho y sólo sirve de apoyo. Busquemos soluciones, dejemos de enredarnos en lógicas enclenques, escuchemos o leamos a los que tienen la mente preparada para encontrar el camino más adecuado. Cambiemos el mundo para que sea lo más parecido a lo que necesitamos. Por las buenas o por las malas. Pero hagamos nuestro trabajo. Cuanto antes mejor.


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