Zona de recreo

Flores para Algernon. Es el título de una novela de Daniel Keyes. Ciencia ficción. Lo leí, por primera vez, hace nueve o diez años. Me lo recomendó un hombre muy aficionado a este tipo de literatura. Recuerdo que entró en mi despacho y dejó el ejemplar sobre mi mesa sin decir nada. Tengo mucha lectura atrasada, le dije. Seguro que inventas un rato entre biberón y biberón, contestó. Charlamos de algunas cosas antes de irse. Fumábamos porque aún no se había producido el efecto histeria contra el humo (el de los cigarros porque el de los camiones no puede dejar estéril a nadie, supongo). No sabría decir qué fue lo que nos hizo reír, pero recuerdo las carcajadas de ambos. Un rato divertido. Al llegar a casa, abrí aquel viejo ejemplar. Las esquinas de las páginas desgastadas por el uso, la cubierta amarillenta, el lomo dibujado por pliegues profundos. En las primeras páginas, anotados en los márgenes, símbolos que no podía entender. Inventé un rato largo, tanto que pude leer la mitad de la novela. Me interesó desde el comienzo. Una trama original, un personaje narrativamente muy limitado que va creciendo hasta perfilarse con solidez, un ratón de laboratorio que apunta hacia la tragedia inevitable. El ser humano convertido en el producto de un experimento, el ratón fabricando un fututo que no se puede evitar.
Charlie Gordon se convierte en un ser inteligente. Le convierten con un bisturí. Las primeras pruebas ya las pasó el ratón Algernon. Ambos progresan y ambos retroceden.
Devolví aquel libro sabiendo que ya no se encontraba en las librerías. Año tras año he ido preguntando por aquí, por allí, y lo encontré en una caseta de la pasada feria del libro. Lo han vuelto a editar. Me ha vuelto a interesar.
Mientras leo las últimas páginas escucho a DeFranco acompañado por el trío de Peterson. O al trío de Peterson acompañado por DeFranco. Da igual. Suena igual de bien. The man I Love.
¿Hasta dónde puede llegar el hombre en su intento por mejorase a sí mismo? ¿Hasta dónde debe intentarlo?
Siempre que pienso en este tipo de cosas recuerdo alguna de las tragedias que se producen en los territorios robados a ríos o mares. Decenas de muertos que descansaban en sus tiendas de campaña invadiendo lo que fue el cauce de un río que un buen día protesta y arrasa lo que encuentra a su paso por el camino natural que alguien convirtió en zona de recreo.
Podemos ser listos, tontos, gays, machos, hembras, morenos, negros, relistos o tontos como cubos. Incluso podemos ser lo que entendemos por normales, por personas del montón. Es más, algunos son suizos o belgas. Nos toca interpretar un papel y lo hacemos lo mejor que podemos. Y eso no causa mayor problema. El conflicto aparece cuando le robamos parte del cauce a nuestro propio destino, cuando siendo tal cosa queremos ser tal otra.
La ciencia avanza a buen ritmo. La técnica a un ritmo asombroso. Y nosotros siempre estamos un poco más allá. Más atrás. Intentando ganarle terreno a una existencia efímera y confusa de la que no sabemos apenas nada hasta que nos morimos.
Quizás Platón fue el Algernon de nuestra civilización. Quizás nosotros seamos ratoncillos intentando descubrir caminos que nos lleven al final del laberinto que servirá para que otras generaciones crean ser los más relistos de la historia de la humanidad. Quizás. Lo único seguro es que, sea como sea, el hombre estará un poco más allá, más atrás, siempre a punto de ser arrasado por la fuerza de la naturaleza a la que intentamos afanar su condición.
La pregunta es: ahora ¿progresamos o retrocedemos, somos Platón o Algernon?


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