Jugar mientras Franco se moría o la esencia de la niñez
Está muy de moda preguntar qué estabas haciendo el 20 de noviembre de 1975, el día que murió Franco. ¿Lo recuerdas? ¿Qué sentiste; pasaste miedo; te metiste en casa antes de tiempo pensando que la II Guerra Civil Española acababa de explotar? Y las respuestas que voy leyendo o escuchando son diversas aunque, me temo, llenas de literatura, poesía y deseos que jamás se cumplirán (tan sólo en la mente del que maquina con la ficción para hacer más soportable una vida tan anodina como efímera).
Salí de clase y fui caminando a casa. Como cada tarde. Antes los niños íbamos solos al colegio. Tenía once años y con esa edad los padres se dejaban de historias. Sólo al cole y, en el descanso del mediodía, comprabas el pan antes de subir a casa. En los barrios había, siempre, una panadería, una lechería, un pequeño súper, una frutería. Lo que hiciera falta, vaya. Comprabas y ya irían a pagar tus padres. Así eran los barrios de antes. Íbamos mi hermano pequeño y yo por la calle como si no estuviera pasando nada (en realidad no estaba pasando nada aunque podría haber pasado todo). Al llegar a casa, nos pusimos a hacer la tarea (antes los niños teníamos mucha tarea y no nos traumatizábamos ni nada). Es verdad que mi padre no estaba en casa. Que mi hermano tampoco. Más tarde supimos que estaban en sus destinos. Uno en la Capitanía General de la 1ª Región Militar y el otro en el Regimiento de Infantería Saboya Nº 1 en Leganés, por lo que pudiera suceder. Mi madre (que tampoco estaba muy al tanto de lo que pasaba en este mundo porque se dedicaba en cuerpo y alma a cuidar de cuatro hijos, marido y mascotas, a limpiar la casa y a cumplir con los diez mandamientos de Dios; es decir, a lo que la vida le obligó como a tantas otras mujeres de la época) se puso nerviosa al escuchar a la vecina que sí se enteraba de lo que pasaba en el mundo. ¿Qué va a pasar ahora? se preguntaba yendo de una habitación a otra. Los dos pequeños (mi hermano Andrés y yo mismo) terminamos en la bañera y tomamos la cena sin enterarnos de gran cosa. Mi hermano Antonio (que ya era un jovencito de veinte años y había leído a Lenin, Sartre, Camus, Marx…, por supuesto, en secreto) sí estuvo pegado a la radio por si dejaban de emitir marchas militares y música fúnebre y celebró con sonrisas de todos los colores lo que sucedía. Eso es todo. Mientras que en España el miedo se posaba sobre todo lo vivo y lo muerto, mi hermano y yo jugábamos ajenos a todo.
Al día siguiente, los periódicos (si no recuerdo mal, los del día anterior, los del día 20; los del 21 de noviembre eran redundantes y recordaban al dictador con lágrimas y grandes reverencias) anunciaban la muerte de Franco e inundaban la casa. Recuerdo muy bien las portadas con la cara de Franco, todo en blanco y negro (los periódicos no eran a todo color como ahora aunque si lo hubieran sido nadie hubiera editado una portada con un solo color). Y lo viví ajeno al asunto. Lo que sí me dejó huella fue ir a la plaza de Oriente para rendir homenaje al dictador. Hubo suerte y no esperamos porque la fila era infinita y mis padres dijeron que la intención había sido buena y era lo que contaba. Me impresionó la cantidad de gente que había en las colas y el silencio y las caras de dolor y el ambiente de tensión y el frío y el miedo.
Después nada. Todo fue cambiando muy rápidamente. Soy hijo de la Transición y de la democracia. Lo anterior al 20 de noviembre de 1975 me afectó porque mis padres fueron hijos del terror de la guerra, del nacional catolicismo y de una dictadura larga y criminal. Todas mis taras (las que tengo localizadas) las arrastro desde antes de ese día.
Da igual lo que estaba haciendo el día de la muerte de Franco. Jugaba y poco más. Lo que no da lo mismo es lo que he ido viviendo después puesto que es la mejor época de toda la historia. No queremos darnos cuenta de algo tan evidente y estamos desperdiciando un momento histórico extraordinario. Algunos quieren dar una mano de pesimismo y derrotismo a nuestro tiempo sin saber que están haciendo el ridículo y demostrando que de Historia saben más bien poco.
Jugaba. Ese es el resumen. Como cualquier niño. Eso es todo.
G. Ramírez
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