Felicidad, euforia y olvido


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Hubo tiempos en los que dejábamos la felicidad en manos de un dios; en algunos momentos, hubo quien pensó que la felicidad tenía que ver con el amor libre y con tomar ácidos; no ha faltado quien ha hecho de su pensamiento una forma de felicidad. Desde que el ser humano lo es, las formas de felicidad han sido múltiples. Y las búsquedas incansables. 
Sin embargo, del mismo modo que alguien tuvo la gran y perversa idea de llevar al hombre hacia el pensamiento único, alguien decidió que una felicidad estándar sería maravillosa. Tenemos los medios de comunicación para bombardear las consciencias de todos cada día; les diremos qué es ser feliz; les trazaremos un camino por el que transitar para que lleguen hasta ese lugar en el que se encuentra la felicidad en forma de productos, de necesidades que nos iremos inventando, de ideas tan manejables como vacías, de ideologías casposas que les hagan creer que su pensamiento es tan admirable como el del mismísimo Maquiavelo y filosofías estúpidas que creerán que están diseñadas por el propio Descartes. Los medios son poderosos, el dinero es poderoso, la ignorancia nos hará poderosos. Algo así debió pensar alguien. Y lo hizo realidad.
Creemos que nuestra felicidad son esos objetos o esas ideas que nos anclan a una situación social, a una cuenta bancaria, a un buen coche o al ático más amplio del edificio en el que vivimos. Creemos que los que no tienen nada son infelices porque su ropa es vieja y apesta (esto último lo imaginamos porque no nos hemos acercado a ellos en la vida ni lo haremos si podemos evitarlo), creemos que los que no tienen dinero están atrapados en una espiral que les convertirá en una especie de despojo humano. Eso de no tener un móvil de última generación o unos pantalones de marca debe ser inaguantable. Pensamos aunque nos avergüence reconocerlo y lo neguemos una y otra vez.
Sin embargo, lo que no terminamos de entender es que esos anclajes a lo que creemos que es nuestra felicidad no dejan de ser eso, anclajes. Es decir, algo muy pesado que no nos permite movernos del sitio.
Todo esto sería estupendo si, realmente, estuviéramos anclados a la felicidad. Pero ¿lo estamos? ¿Nos hace libres estar sujetos a no sé qué cosa? Porque ¿no es la única forma de felicidad ser libre? Podemos añadir lo que queramos a nuestra forma de vida, pero sin libertad es imposible ser feliz. 
No creo que una pantalla de televisor al que se pegan millones de personas a diario haga feliz a nadie. No creo que colocar por encima de las personas las ganancias o los bienes haga feliz a nadie. No creo que el desprecio por los pobres nos haga felices. Y, por supuesto, querer alcanzar algo llamado felicidad sin haber pensado una sola vez en qué consiste, nos convierte en seres ridículos.
Creo yo que eso que llamamos felicidad se reduce a un instante, a un tiempo enano. Justo el anterior a conseguir lo que creemos que nos hará sentir la tranquilidad de pintar algo en este mundo. Ese momento en que podemos tocar con la punta de los dedos la felicidad es lo que nos hace sentir la plenitud que tanto buscamos. El resto es euforia, primero, y olvido, poco después. No hay nada que después de ser conseguido no se diluya en la rutina, en el desprecio o en la comodidad que aporta saberse poseedor. 
Y, desde luego, si hemos confundido el ser con el tener y, por tanto, creemos que la felicidad es encadenarse a cosas que nos hacen la vida más cómoda, pero nunca felices; ese estado de ánimo que tanto deseamos se tiñe de ridiculez. Es el ancla que nos impide disfrutar de un beso, de la compañía de un amigo, de la charla con el padre, de ver salir el sol desde la ventana de casa con una taza de café en las manos. Es el ancla que nos impide intuir qué eso de ser felicidad. 
Es una pena que alguien se salga con la suya lanzando mensajes y más mensajes para que aprendamos que tener es lo más de lo más, que los menos afortunados con el dinero son unos seres sin posibilidad alguna de disfrutar de la vida, que debemos sentir un gran miedo a no poder gastar como si nos fuera la vida en ello porque, si no es así, la vida es un estercolero. Es una pena que nos creamos algo tan tóxico como esto. Y, sobre todo, es una pena que creamos en una felicidad tan ramplona y tan miserable. 
Escapemos de la felicidad estándar y construyamos un inmenso campo de momentos únicos. Los nuestros, los que hagan que merezca la pena esto de vivir.
G. Ramírez

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