Julio Iglesias, Zhou Enlai, Kissinger y las ‘chachas panchitas’


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El año 1972, el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, durante un viaje oficial a China, preguntó a Zhou Enlai (primer ministro del Consejo de Estado de la República Popular China) qué opinión tenía sobre la Revolución Francesa. El primer ministro chino contestó que ‘era demasiado pronto para opinar’. La respuesta es chocante, al menos eso. Pero, en realidad, según confesó el traductor un tiempo después de suceder esto, el mandatario chino confundió la revolución por la que preguntaba Kissinger. Mientras el americano se refería a la de 1785, el chino contestaba con la de 1968 en mente. Sea como sea, si Zhou Enlai hubiera contestado eso mismo pensando en la más antigua, no hubiera causado demasiada sorpresa a los que conocen la mentalidad de los chinos respecto al tiempo. En China todo sucede lento, la prudencia de la mirada invita a la prudencia de la reflexión. A pesar de los cambios que ha provocado la Internet en todo el mundo, en China lo inmediato es menos importante, más prescindible que en Occidente. Todo lo contrario que, por ejemplo, en España. Aquí eso inmediato es esencial, es la razón de ser de las cosas, el motor que permite hacer o pensar. Y, por supuesto, eso es un auténtico desastre.

Pase lo que pase, pase donde pase, afecte a quien afecte, o destruya lo que destruya; lo primero que hacemos es opinar, intentar analizar algo que acaba de suceder. Sin datos, sin la periferia clara, sin criterio alguno; cegados por lo que leemos en cualquier página de la Internet, en redes sociales, enajenados por ideas enlatadas que nos tragamos por pura ignorancia. Somos capaces de opinar sobre cualquier cosa sin saber de la misa la media. Sin ir más lejos, a mí me comentan lo que escribo personas que no han leído la columna y que, sin rubor alguno, lo confiesan: ‘no sabes ni lo que dices y este artículo es una muestra de lo que odias la libertad; luego me lo leo aunque viendo el titular ya te digo que me equivoco poco’. Y así todo.

En el caso de las posibles agresiones sexuales de Julio Iglesias a sus empleadas unos se han lanzado a defender a capa y espada al cantante y otros a las presuntas víctimas. Apenas con un par de párrafos de un trabajo de meses, las opiniones han sido demoledoras contra el cantante. Y los testimonios de los amigos defensores de Julio Iglesias, también han funcionado como un cataclismo. Si le quisieran de verdad deberían mantener la boca cerrada porque con cada palabra empeoran la situación. Lo de Ana Obregón ha sido un disparate.

Por un lado, se defiende a Julio Iglesias con argumentos de lo más variopintos: es un anciano (como si siempre lo hubiera sido), es un magnífico embajador de la marca España (como si a todo el mundo le gustase su música y, sobre todo, como si la gente tuviera que perdonar un delito gravísimo a los famosos por serlo), es mi amigo (¿Quién no ha tenido un amigo crápula, chulo o tonto perdido?), ‘esas dos lo que quieren es dinero y nada más’ (como si las mujeres solo hablasen para conseguir una cantidad de euros considerable, mintiendo y siendo mezquinas), y el clásico ¿a qué viene esto ahora? (no son pocos los que no entienden que estas situaciones bloquean, paralizan, angustian y terminan confesándose haciendo alardes de valentía). Todo esto ya pasó con Plácido Domingo y él mismo reconoció que no se trataba de una gran mentira de alguien que busca dinero y fama y yo mismo defendí al cantante desde un primer momento porque me parecía imposible que aquel escándalo fuera cierto. Aprendí que lo mejor es apretar el botón ‘modo chino’ para no meter la pata.

Por otro lado, un ejército se ha lanzado a crucificar al cantante. Sin un solo argumento para hacerlo salvo unas declaraciones ante periodistas de dos mujeres. Parece que la cosa pudiera ser cierta, pero de momento es un trabajo de investigación. Hay que esperar a tener más datos, a saber si aparecen más mujeres que puedan cimentar estas acusaciones de forma más rotunda, hay que esperar a saber lo que dice el propio Julio Iglesias.

Todo esto que pasa es el producto de tener un altavoz potentísimo como es la Internet. Cualquier tarugo puede decir lo que se le pasa por la cabeza, cualquier ignorante puede hacer suya la opinión del tarugo, y cualquier político puede manejar grupos muy considerables que estén dispuestos a creer que son más patriotas por defender a un cantante español ante las acusaciones de una ‘chacha panchita muerta de hambre’ (esto lo he leído en X y es literal). Todo esto es producto de la normalización de la indigencia cultural.

Es pronto para opinar sobre la Revolución Francesa (somos hijos de la de 1785 y las cosas no terminan de estar claras) y opinar de lo que ha pasado en la casa de un sujeto rico, baboso, mujeriego y desagradable en el trato a las mujeres (vean los vídeos de sus entrevistas antiguas) es perder el tiempo y la energía.

Una cosa más. El medio de comunicación español que ha publicado esta noticia en exclusiva y al que tachan de chiringuito, de trabajar para el Gobierno de España (ahora resulta que esto es una columna de humo de Sánchez) y de falta de credibilidad, es el mismo que publicó la primera noticia sobre el escándalo de los abusos sexuales en el seno del PSOE. En esa ocasión si eran muy creíbles. En fin…

G. Ramírez 

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