Las mujeres son de acero y usan rodillos de madera

Iron Woman. / Autor desconocido

Tiempo estimado de lectura: 2’ 30’’

Mientras tomaba café esta mañana, he vivido una de las situaciones más surrealistas que recuerdo.
Barrio de Vallecas de Madrid. Una pequeño bar, de esos que parecen que han estado siempre en la misma esquina, de esos en los que no ha cambiado casi nada desde hace un siglo. Dos camareras tras la barra. Una más mayor que la otra. Ambas morenas, pequeñas y fornidas. Los ojos grandes, oscuros, expresivos. Zapatillas de fieltro en los pies. Duras de carácter. Más tarde he descubierto que eran madre e hija. No tardan ni un minuto en preparar un café, en cortar una porra o escoger un churro que han hecho poco antes. No sonríen, apenas hablan con los clientes, van y vienen con ligereza, no dejan de trabajar.
Entra un hombre. Buen aspecto, ojos claros, sonrisa de lado a lado. Camina despacio, mirando con inquietud a las dos mujeres. Ya sonríe tímidamente y alza la mano. Ellas paran. La madre le señala. De aquí no te vas sin pagar lo que debes, dice con la mirada fija en el sujeto que está parado a medio camino entre la puerta y la barra. Desde junio estamos esperando, añade la hija mientras prepara un cortado descafeinado y uno largo de café con la leche templada. Eso ya ha prescrito, bromea el tipo que se atreve a llegar a su destino. La madre se agacha y sale por un extremo de la barra. Lleva un rodillo de madera agarrado con una mano (sí, sí, de esos que hemos visto en las películas antiguas y en los dibujos animados). Se planta frente a la puerta y golpea la mano izquierda con el rodillo que ya parece un apéndice del brazo derecho. El tipo -con el que parece que no va la cosa aunque todos sabemos que está pasando las de Caín- pide café y churros mientras enseña las palmas de las manos. La hija le dice que son siete ochenta más lo de hoy. Diez euros justos. ¿Cómo va a ser? ¿En efectivo o con tarjeta? pregunta con el datáfono en la mano. Venga, pon ese café que ya te pago al terminar. Un silencio tenso. La madre con el rodillo, la hija con el datáfono, el tipo con las palmas de las manos sudorosas. No tengo dinero. Pero mañana te pago. Fuera de mi bar, grita la mujer desde la puerta.
Y, entonces, la madre, justo al acabar de gritar, le ha pegado con el rodillo en la cabeza. Ha sonado seco, certero. El tipo se ha revuelto y ha salido pitando del bar. La mano en la coronilla, encorvado. Y, como si todo fuera una película, el resto de clientes ha seguido tomando su desayuno. Como si nada, como si allí nadie hubiera sacudido un palo en la cabeza a un moroso.
Cinco minutos después, he pagado. Con tarjeta. Me han dado ganas de dejar treinta o cuarenta euros de bote por si alguien se enfadaba. Pero no ha sido necesario. La hija, al acercar el datáfono a mi tarjeta ha sonreído, me ha mirado con tranquilidad y me ha dicho que son las cosas de los bares regentados por mujeres, que todos los babosos del barrio creen que pueden hacer lo que les venga en gana. Vuelve sin miedo, cielo. Sí, me ha llamado cielo y lo ha hecho con cierta ternura, como si se lo dijera a un niño. Supongo que tenía cara de estupefacción y le he dado penita.
El mundo está lleno de iron women y los hombres creemos que eso no existe. Una pena que no se dejen ver más a menudo. Y en el mundo los malos siguen siendo los malos. Ni un solo cliente ha intentado proteger al listillo que quería engrosar la deuda. Yo no voy a justificar nada, pero a los que pagamos nos llaman cielo y no nos atizan con el rodillo.
G. Ramírez

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