Los fachas y el amor

Nazi storm troopers' training class, 1938. / © Margaret Bourke-White

Hace unos años, trataba de explicar a mis alumnos el desgaste de las palabras utilizando el término amor para ello. Intentaba demostrar que, muchas veces, decir más es decir menos y que las palabras sobadas, utilizadas para cualquier cosa y de mala manera, se acababan estropeando. Decir 'te amo' era una especie de estriptis definitivo, decir ‘te quiero’ era algo parecido aunque rebajaba la intensidad puesto que, también, se lo podíamos decir a la madre o a un hermano; ‘te quiero mucho’ era decir menos que ‘te quiero’ a secas -del mismo modo, ‘te quiero mucho’ se le puede decir a la mascota- y decir ‘te quiero bastante’ era un auténtico desastre y una señal inequívoca de crisis en el seno de la pareja (te van a dejar si te lo dicen; aunque bastante es mucho, pero la fórmula no funciona). Trataba de explicar que la gracia de un ‘te amo’ era que no se utilizase salvo en casos especiales, en esas ocasiones en las que te juegas el todo o la nada. Pero todo esto ya no sirve. Ahora, después de manosear por completo la palabra amor todo el mundo ama al de al lado. Decir ‘te amo’ apenas compromete porque se lo dices a una amiga o a la mascota. El lenguaje se desgasta y el ejemplo más claro es este que comento.
Decir ‘te quiero’ es poca cosa y decir ‘te amo’ comienza a vaciarse de sentido por los cuatro costados. Una pena.
Otro de los ejemplos más singulares respecto al uso y desgaste de las palabras se encuentra en el ámbito político. Hace unos años ser acusado de fascista no era poca cosa porque se estaba tachando de peligroso y sucio, y ser un facha era mal visto porque con esa palabra describías al fascista cañí, con bigotito, gafas oscuras, un sol y sombra en la mano presumiendo de cociente intelectual cercano a 15. Ser un facha era ser Martínez el facha. Pero, de un tiempo a esta parte, todo lo que no era ser de izquierdas era ser un facha, todo lo que no era apuntarse a lo que decía Pablo Iglesias, primero, y Pedro Sánchez, después, era ser un fascista. Cualquier cosa te convertía en un facha (del mismo modo que, en el otro extremo, cualquier cosa te convertía en un progre o cualquier cosa era ETA). Resultado: da igual llamar fascista a alguien porque ya se ha perdido la esencia de la palabra entre tanto bobo pronunciando la palabra sin ton ni son. Si usted tiene un fascista a su derecha no lo llame facha porque será igual que decirle ‘arroz, Catalina’. Busque alternativas.
Si usted ama a su pareja escriba un poema y se lo lee en el ascensor porque lo de te quiero (incluso lo te amo) ya está vacío, con telarañas en las esquinas de cada letra).
Eso sí, si usted es un facha no crea que no lo saben los demás. Otra cosa es que ya no sepan hacer que se sienta usted mezquino, pero lo es.
Y, por cierto, ya les contaré el uso catastrófico de otra palabra esencial en la historia de la humanidad: Dios (con esta se han montado incluso guerras y se han quemado a seres humanos en la hoguera).
G. Ramírez

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