El Día del Padre es una castaña pilonga

 


El Día del Padre consiste en que los hijos pequeños regalan a papá una manualidad hecha en el colegio (las opciones van del cenicero de arcilla a los separadores de página decorados con gran cantidad de colores), los mayores felicitan a papá con las mismas ganas con las que se levantan, las esposas advierten de que nada de regalos porque de ellas no eres padre ni historias, y los propios padres ni se acuerdan de que ese día es especial. Todo es una maravilla. Se libran, del ridículo que supone este día, las madres (la de los padres) que conociendo el percal llaman a sus hijos con efusividad y verdadero sentido del cariño. Esto es, el Día del Padre es una castaña pilonga que nos endosaron hace muchos años y que ya no puede desaparecer por ser un negocio muy importante para grandes almacenes, tiendas de regalos o empresas distribuidoras de vino (estas solo son un ejemplo puesto que es un enorme negocio para cualquier empresa que tenga un poco de imaginación al vender la idea de ‘mejor regalo para papá’).

El Día del Padre, en mi caso, es cada día del año (ya sé que suene a tópico) y lo celebro en soledad (esto ya es menos tópico). Porque tiene que ver con los sentimientos más arraigados de un padre, con la sensación que provoca estar orgulloso o hasta las mismísimas narices de los hijos (esto empieza a sonar rarito). Sí, lo mejor y lo peor, porque un padre vive siempre sobre ese fino cable que divide la vida feliz y la que no lo es tanto debido a las preocupaciones y problemas que le cargan quiera o no (los hijos). Un padre no tiene escapatoria y ha de ejercer le guste o no. No se puede dimitir como padre; y el que cree que lo hace dándose a la fuga está muy equivocado, siempre será padre, un padre fugado o un padre de mierda, pero padre. El arrepentimiento de un padre miserable es grande aunque sólo aparezca a ratos.

En mi caso, suelo estar acomodado en territorios llevaderos aunque no falta el tránsito por los que se convierten en un calvario. Y es que los problemas de los hijos son los problemas de los padres; no hace falta tener a un hijo salvaje en casa para tener la cabeza repleta de problemas y malas sensaciones. Si los hijos supieran lo que pueden llegar a desestabilizar a su padre, creo yo que, hasta el más mamón de todos los hijos del universo, se lo pensarían un par de veces. No son capaces, hasta llegar a una edad adulta y sensata, de medir las consecuencias de lo que hacen (a todos nos pasa). Llegado ese momento, descubren el desastre que han dejado atrás (a todos nos escuece el descubrimiento). Para ser justos, tampoco son capaces de intuir la alegría, el orgullo y la sensación de haber hecho un buen trabajo con ellos, que generan. Si bien es cierto que los problemas son muchos, las alegrías también lo son.

En cualquier caso, esto del Día del Padre no deja de ser un invento de los comerciantes. Y con eso queda dicho todo. Las cosas tan arrimadas al dinero huelen fatal. El Día del Padre es una castaña pilonga. Y punto.

G. Ramírez

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