08/02/10

Nombres (17)


Matilde.
No puede evitar sentarse en el suelo. Necesita tranquilizarse. Una tiene más que ella, otra menos, no falta quien es más bella, el marido que ofrece más que el suyo, el que se la juega a su mujer mientras el suyo es un probrecillo, los niños más graciosos que los propios. Las reuniones con sus amigas terminan siendo siempre igual.
Desde niña le acompaña esa sensación. Lo sabe. Quisiera poder deshacerse de una tortura constante, pero le resulta imposible.
La rabia le llena la boca, tira las cosas con fuerza preguntándose el por qué. No puede evitarlo. Pide perdón aunque sabe que no es suficiente, que acabará con ella, antes o después.
Suena el timbre de la puerta. Toma aire despacio. Se levanta para caminar con cuidado hasta tocar el picaporte. Una visita inesperada, la que más odia de todas. Agradable, bondadosa, afortunada en casi todo. Finge una sonrisa como puede. La conversación le parece una estupidez. Lo que desea es que se muera allí mismo, ver como se retuerce entre tanta luz, entre tanta fortuna. Y, entonces, ocurre.
- Bueno, quería decirte que me voy a mudar a otra ciudad. Aún no sé dónde. Mi marido me dejó hace tres días. Quiero vender el piso lo antes que sea posible. Si conoces a alguien interesado, por favor, avísame. Eres afortunada, Matilde, cuida de lo que tienes. Esto va a ser un infierno.
Quiere alegrarse, desea poder festejar su desgracia. Sin embargo, se sienta en el suelo, en el mismo lugar de antes, respirando con dificultad. Imagina la aventura que supondría para ella. La que nunca vivirá.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

07/02/10

Gente Corriente


La gente corriente quiere ir de compras, no pagar mucho por su hipoteca, ver un buen vídeo la tarde del domingo o poder salir a cenar fuera de casa de vez en cuando. Cosas de ese estilo. Alcanzar la verdad absoluta (si es que eso es posible), reflexionar sobre la trascendencia de su ser o intentar saber si Dios creo el mundo y deja que se haga añicos como si no pasara nada (esto se lo creen unos y lo niegan otros sin más), importa bastante menos. Estos asuntos se los dejan a los cuatro o cinco que toman por locos o por inmensamente listos o por inmensamente tontos.
La gente corriente dedica su tiempo a trabajar, a estudiar, a sufrir, a preocuparse por sus hijos, a cabrearse con ellos, a reír y a llorar. Dejan que sean otros los que se ocupen de sí mismos. Otra cosa les parecería un auténtico aburrimiento.
A mí me gusta la gente corriente. Y, encima, es el grupo más numeroso de todos, donde mejor se puede elegir. Si te equivocas tienes recambios a diestro y siniestro. Me gusta esta gente porque hacen del mundo un lugar agradable, simpático. ¿Puede alguien imaginar un mundo en el que todos nos preguntásemos sobre si Dios es uno y Trino? Menudo tostón.
La pena es que el mundo no lo domina esta gente tan corriente y tan simpática. No. El mundo está en manos de gente mediocre. Esos me caen peor. Imponen su ley desde los medios de comunicación (generalmente mediocres), desde el dinero, la abundancia y la idiotez. Los corrientes, los locos, los increíblemente listos, casi todos, se encuentran envueltos en ese mundo pintado a base de brochazos carentes de talento aunque muy caros y muy de marca.
Digo todo esto porque hoy me han dado una alegría. Me han dicho (alguien tan normal y corriente que parecía humano) que lee este blog porque le resulta agradable acercarse a mis cosas sin necesidad de jurar haber leído a Faulkner o tener que atarse una escoba a la espalda para parecer muy digno antes de leer uno de mis textos.
Me han llamado de todo en mi vida. Cosas horribles, cosas rodeadas de almíbar que daban asquito. Pero normalucho, corriente o algo parecido, jamás. Y esto me alegra mucho. Pero mucho, mucho.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Nombres (16)

Germán.

- No soporto verte con esa cara. ¿Quieres que salgamos? Deberías tomar el aire.
- No, prefiero aguardar aquí.
- ¿Esperas algo o a alguien?
- Derrumbarme. Preferiría estar cómodo cuando suceda. No se me ocurre mejor forma de hacerlo. Fumar sentado en mi sillón preferido es lo poco que me queda. No, no digas nada, por favor, tú a lo tuyo, ya sé que tengo la culpa de todo. Sólo espero algo, no a nadie.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

06/02/10

Y tú ¿cómo estás?


Depresión: Estado de ánimo que caracteriza al que lo sufre por ser un gran consumidor de medicamentos que le atontan con el fin de no enterarse de nada. Durante el período de depresión el individuo descubre cómo es, realmente, el mismo, él y los otros.


Enamoramiento: Estado de idiotez transitoria que provoca un gran revuelo entre las hormonas propias y ajenas (de otro u otro si existen exparejas en las proximidades). Se termina pasados entre seis meses y seis años. Comienza con cualquier cosa por pequeña que sea. Así que cuidado, amigos.


Felicidad: Aún nadie ha sido capaz de definir con exactitud qué es eso de sentirse feliz. Estado de ánimo que se confunde fácilmente con otras cosas que son lo contrario a este (amor, riqueza, etc.). Creo yo que se aproxima a no tener que negarse uno mismo y conformarse con lo que hay. Es decir, que no existe.


Muerte: Última estación del trayecto. El individuo que muere es reconocible con facilidad, no sólo por su quietud y palidez afrancesada, sino porque deja de decir idioteces. Así, de pronto. Después de un largo proceso de aprendizaje, el esfuerzo no sirve de nada. Hay que ver.


© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Nombres (15)

Sara

Baja las escaleras dando pequeños saltos. Hoy es el día, piensa. No le cabe la menor duda.
Desde niña busca incansable. Le han dicho que en algún lugar está, que cuando menos lo espere lo terminará encontrado.
Y es cierto. Ha llegado el momento.
Entra. La fiesta es divertida. El muchacho se acerca. Le encanta. Hablan, se miran, se desean. Cuatro o cinco copas más tarde salen de allí, mucho ruido. Y en el coche se siente morir de amor (eso piensa). Así que era esto, le dice al oído. El muchacho separa la cara. No parece entender bien lo que escucha. Los ojos enrojecidos, la boca ligeramente abierta. Se acarician, se desean. Cuatro o cinco intentos después (el muchacho no parece fatigarse ante tanta negativa), las carnes se envuelven entre sí. Siente miedo aunque está dispuesta a todo.
Ahora, intenta quitarse de encima a su amado. Le ha pedido un abrazo, pero duerme. Y piensa que eso es cosa del alcohol, que seguro que mañana será otra cosa.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano
© De la ilustración: Annie Christian

Telón


He dedicado buena parte de la noche a recordar y anotar las frases (no sé si todas ellas exactas) que he tenido que escuchar, disfrutar o padecer durante los últimos años y que más me han marcado. Por alguna razón las he limitado a diez. Y por alguna otra extraña razón he borrado inmediatamente las que sufrí, las que no quisiera tener que escuchar nunca más. Y cuando digo nunca más me refiero a nunca más. Ni en las películas, vamos. Así quedaron en el papel (aún legibles) dos frases. Una de ellas hablaba de amores, de elecciones perpetuas y cosas así. Sin saber porqué he trazado una línea sobre lo escrito. Eliminada.
Y quedaba una sola. Recordada con exactitud, sin posible error en la interpretación, construida con calma en su momento, posiblemente eterna. “Vamos, Gabriel, eres capaz de salir adelante, tranquilo. Piensa despacio y sólo en ti. Sólo en ti”. Aprender que algo negado tantas veces es la única salida, asumir que las cosas se concentran en algo así, descubrir que sólo lo que se hace por uno mismo y sin tener en cuenta a los demás es lo que sirve, todo esto es un mazazo que te derriba sin compasión.
Desde ese instante en el que hablaba frente a un espejo aprendí que, o bien seguía interpretando el papel que asumí en su momento sin saber lo que hacía, o bien me dedicaba a ser eso que algunos llamamos yo. Y decidí ser poca cosa, un ser normaducho como todos los que han pasado por este mundo sin excepción, con mis limitaciones, con mis zonas oscuras, con las más claras, con mi inteligencia que llega hasta donde llega y ni un milímetro más allá, con mi condición mortal, finita. Y la gracia es que sigo aquí. Con un espejo perpetuo en la palma de la mano, pero aquí.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

05/02/10

Indivisible


Hay cosas que no se pueden repartir. Pertenecen a uno u otro en el momento de la separación. Nos engañamos mientras estando juntos inventamos que todo es de los dos, el mundo entero es de los dos, si uno sufre el otro también, la alegría es compartida y disfrutada por los dos, nada puede con ello. Esto sirve si hablamos de amistad, de amor o de odio. La cosa es universal.
Sin embargo, hay cosas que pertenecen a una sola persona, nunca a más, aunque se intentaran compartir en un momento concreto. Cada uno arrastramos nuestras propias miserias, nuestros complejos, nuestras alegrías o nuestros amores. Es precisamente lo que nos hace únicos, exclusivos. No nos gusta mucho la idea de ser diferentes por la forma de odiar, por ejemplo, pero es lo que hay.
Línea catorce. 7.30 a.m. Se sienta a mi derecha una mujer de mediana edad. Abre el bolso, saca papel y lápiz, comienza a apuntar. Columna izquierda. Para él. Columna derecha. Para mí. Columna izquierda: discos, ropa y calzado, la puta televisión (textual), equipo de música pequeño, regalos de boda entregados por su familia, ordenador portátil, sillón reclinable. Columna derecha: Todos los libros, ropa, la otra puta televisión pequeña (textual), ordenador de sobremesa, colección de películas. Se detiene y piensa. Me empiezo a temer lo peor. Me mira una vez, pero vuelve a leer lo que ha escrito. Segunda y definitiva mirada. Oiga, le puede parecer una locura, pero quisiera hacerle una pregunta, dice. Entorno los ojos y espero la pregunta sin decir una sola palabra. ¿Cómo podría dejar a este capullo lo que siento por él? Ya sé que suena raro, pero si se lo pregunto a alguien conocido me van a querer internar, dice. No creo que lo quiera, sea lo que sea, señora. Será mejor que lo deje en la primera papelera que encuentre, contesto. Si se puede dejar en una papelera se podrá dejar en cualquier sitio, en sus bolsillos, encima de su mesa de trabajo o dentro de un zapato. Va hablando con la vista fija en algún punto del suelo. Verá, señora, cuando he dicho papelera, en realidad, lo que quería decir era otro. Otro hombre del que se enamore. Es la única forma de soportar esas cosas. O se reciclan o no hay nada que hacer. Ahora, me tengo que apear en la siguiente parada. Suerte.
He caminado despacio durante cien metros. Más o menos. Semáforo en rojo para los peatones. Me hablan desde atrás. Creo que no me ha dicho lo que pensaba, dice la mujer. Doy media vuelta. Cuando alguien tiene la sensación de tener en su poder algo que pertenece a otro significa eso, sencillamente, que aún es de otro. Y si se trata de un amor, hablamos de uno mismo. Entero. Si usted siente que le pertenece intente reciclar eso, sea lo que sea, en la papelera que toca. En él. Pero sepa que se va a reciclar enterita ¿Satisfecha? Otra vez media vuelta.
Hay cosas indivisibles. Nuestro propio ser lo es. No nos podemos repartir. Nos tenemos que entregar. Así lo creo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

03/02/10

Ahora sí


La iglesia abarrotada. Los novios junto al altar. Ellos sentados en el último banco. Hablan sin mirarse. ¿Cómo te va la vida? Bien, ¿a ti? Él no contesta. ¿Tienes novio? No, ¿tú? Él no contesta. Se miran. Declaran marido y mujer a los novios. Se miran. La iglesia queda vacía. Se miran. Tonto. El extiende el brazo con la palma de la mano hacia arriba. Ella le agarra. Les piden que salgan. Van a cerrar. Pasean. ¿Es guapa? ¿Cómo se llama? Él mantiene el silencio. Se miran. Un beso intenso. Y es cuando él dice que sí, que ahora sí.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano
© De la ilustración: Annie Christian

Un día u otro


Ayer, antes de llevar a Guzmán al gimnasio, pasamos por la Biblioteca Nacional. A sus cinco años, el niño, era la primera vez que pisaba el edificio. Nos acercamos para conocer a Pepo Domènech, un tipo encantador que andaba por allí con su bajo para ensayar junto a sus compañeros. Un rato de lo más agradable. Salón de actos, escuchando música, conversando (no hubo mucho tiempo) de lo divino y de lo humano.
De allí pitando al gimnasio en el que practican judo Guzmán y Gonzalo. El pequeño luce el cinturón blanco. El mayor prepara su examen para conseguir el negro.
De allí pitando a casa para bañar a los pequeños y recoger lo necesario antes de dar mis clases en la Escuela de Letras. Por supuesto, tuve que salir pitando para llegar puntual y, más tarde, camino de vuelta (pitando también) para llegar a casa y revisar algunos textos, escribir un rato, picar algo y desmayarme en el lugar apropiado.
Acabo los días con la sensación de no haber hecho nada bien. Muchas prisas, demasiadas. Aunque lo hago todo sin que se derrumbe el mundo. Algo es algo.
Ahora escribo despacio, tomándome el tiempo que creo necesario para decir lo que quiero y no otra cosa. Tal vez lo más difícil que hago cada día. Pase lo que pase, el papel en blanco espera en la mesa del despacho. Sin tregua.
Pepo tocando su bajo con elegancia. Una auténtica maravilla. Su trato exquisito, una conversación de lo más agradable en un lugar incomparable, exclusivo. Un apretón de manos auténtico como si se repitiese desde siempre. Y un hasta pronto sincero.
Guzmán sobre el tatami. Su cinturón blanco. Cinco años y la vida por delante. Toda la vida por delante. Movimientos aprendidos antes que las tablas de multiplicar, elegantes, duros. Charla en el vagón del metro, se agarra a mí en vez de a las barras para no caer. Y en la última cuesta antes de llegar a casa una bolsa enorme de palomitas que comemos a puñados mientras nos retrasamos queriendo hacer el trayecto un pelín más nuestro.
En el coche escuchando música camino de la Escuela de Letras. Por fin, sentado. Repaso alguna idea con calma. Hora y media de clase con personas interesadas por lo mismo que yo, con las mismas ganas que mostré en su momento por ser escritor. De nuevo en el coche. Más música. Repasando el día con tranquilidad, solo.
Y, antes de producirse el desmayo, mientras bebo algo de zumo y como lo que han dejado por aquí los niños, la pluma en la mano, el pensamiento moviéndose rápido, la pluma que comienza a rasgar levemente el papel.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

02/02/10

Saga


Su bisabuelo se arruinó durante la crisis económica de mediados de siglo. Se suicidó. El abuelo logró salir a flote con el negocio de las mandarinas. Fracasó por su afición a los bares de alterne. Apareció muerto en la cama de una puta con fama de tener muy mala leche. Su padre gastaba lo que ganaba al mismo tiempo. Un día no ingreso lo que esperaba, no pudo pagar sus deudas y apareció muerto en la cuneta de una carretera. Ella, la única mujer descendiente directa de aquel suicida, orgullosa e insensata, contraerá matrimonio mañana a las doce en punto.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano