28/11/09

Medio universo


Siente una enorme preocupación. Se ajusta el nudo de la corbata levantando ligeramente la barbilla. Duda. Todo lo que alcanza a ver se convierte en una acuarela. Silencio para el resto del tiempo por vivir, piensa. Hoy se puede acabar todo. Ajusta de nuevo el cinturón dejando la hebilla justo en el centro, donde ha de estar. Echa un último vistazo a los zapatos. No brillan tanto como quisiera.
Hay objetos, personas, rostros, algunos olores y un buen número de cosas improbables que le arrastran a territorios olvidados por muchos años. Un instante de ida y vuelta. Apenas el tiempo que tarda en querer anclar el pensamiento sin poder y dejar pasar la sensación. Sólo ocurre alguna vez que otra.
Hoy ha vuelto a pasar. La mirada pendiente de encontrar, sin saber que llegaría a un lugar que nunca pudo vivir. Extraño. Como prender la luz en un espacio desconocido con el tiempo justo para echar un vistazo, fijar la imagen y hacer el camino de vuelta con una venda en los ojos. Sin posibilidad de regresar. Nunca más.
Territorios olvidados. Otro que nunca podrá olvidar. Ni volver a sentir. Su propia imagen estallando, convertida en millones de momentos que se aprietan, unos contra otros.
La muchacha caminando despreocupada. El pelo suelto. Sólo unas pequeñas trenzas que van desde las sienes a la nuca. Sonríe pensando en algo que compartirá con otro. Le recuerda de inmediato a esa mujer que tanto buscó. No sabe por qué, pero sabe que es ella. Nunca más.
Ya no hay marcha atrás. La chaqueta perfecta. La camisa perfecta. Todo lo es. Pero esa imagen no desaparece. También lo es.
Alguien le llama. Ha de darse prisa. Te espera medio mundo, corre. Escucha y piensa en que la otra mitad del universo lo perderá pronto, que nadie espera de ese lado. Cierra los ojos y mueve la cabeza con rapidez, negando. Toma aire, todo el que puede. Expira con fuerza y sale de la habitación. Sonríe tanto como puede, igual que si el universo entero le esperase bajo el pórtico.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

26/11/09

La hora en punto


Acabo de colgar el teléfono. Prefiero estar muerto. Esto no hay quien lo resista, me ha dicho. He intentado animarle soltando tópicos. Ten paciencia, ya verás como todo vuelve a ser como antes, tómate un respiro. Cosas así. Es lo que se dice cuando te inquieta no poder hacer nada por el otro, cuando no tienes una sola palabra adecuada. No entiendes nada, amigo. Sencillamente no me encuentro ni me gusto. He dejado de ser yo. El resto me importa un bledo. Si me quiere o no me quiere, si esto o aquello. Todo da igual. Ya no existo. He cambiado tanto que no soy capaz de reconocerme. Y, lo peor de todo, no siento el más mínimo aprecio por lo que soy. Es tanta la mierda que han volcado sobre mí que soy incapaz de quererme. Estoy acabado. No digas eso, joder, le he contestado. No es cierto, eres un tipo cojonudo y lo sabes. Ha colgado sin contestar.
Intento asimilar lo que he escuchado. Fumo. Pienso tan rápido como puedo. Pero lo único que se me ocurre es levantarme, correr hasta el baño para mirarme en el espejo y saber si me reconozco. Acabo de colgar el teléfono para terminar una conversación que, un millón de veces, he tenido sin nadie enfrente, que he dado por acabada cerrando los ojos para intentar dormir. Son las doce en punto. Para todos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

25/11/09

Preferiría que no


Pues yo lo que quiero es que el Ministerio de Igualdad español se convierta en el de desigualdad absoluta. Ni creo que hombres y mujeres sean iguales, ni quiero que lo sean nunca. Si se trata de que tengamos las mismas oportunidades ante, por ejemplo, un puesto de trabajo, ya tenemos el ministerio de trabajo. No creo que la violencia machista se solucione con un ministerio. Para eso está la policía y la justicia y, sobre todo, la educación que se recibe dentro del ámbito familiar. Mis hijos no entienden nada cuando escuchan conmigo una noticia sobre este asunto. Les parece inconcebible marcar diferencias por cuestión de sexo, de condición sexual, religiosa u otra cualquiera. En mi casa el único religioso soy yo. Y no pasa nada.
No quiero que las mujeres sean como yo. Ni quiero que hagan lo mismo que yo. Ni quiero un gobierno en el que, por narices, aparezcan hombres y mujeres a partes iguales. No me gusta la idea de una separación en la que, por narices también, la custodia de los niños sea cosa exclusiva de las madres. Deseo que las mujeres sean como tenga que ser, que hagan cosas con las que se sientan felices, un gobierno formado por los mejores sean hombres o mujeres, que la justicia no trate con el mismo rasero a todo lo que se mueve pensando que si un tío es un salvaje los demás lo pueden ser del mismo modo.
Ni somos iguales ni lo seremos nunca. Los niños y niñas lo saben. Y muchos adultos lo sabemos. Pues eso.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


22/11/09

Antropología moderna


Hace un millón y medio de años un homínido (probablemente una) comenzó la carrera de la evolución más impresionante que conozcamos hasta hoy. Golpeando un objeto contra otro logró una primera herramienta. El hacha con forma de lágrima. Al rato estaba sacudiendo con este objeto al de al lado.
Hace unos segundos, un perturbado ha golpeado con un hacha metálica en el cráneo de su esposa. Ese mismo tipo ha pensado más y mejor en el último minuto que todos los homínidos juntos en un año. Aunque de poco le ha servido. No ha inventado nada. Sólo es un relevista más en la carrera hacia declive de occidente.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Arrivederci, Fulano


Un peso casi insoportable de aguantar es ese que tiene que ver con la forma de hacer las cosas bien y que el resto de la humanidad parece ver como algo ridículo que roza la idiotez.
Por ejemplo, yo apuesto por un proyecto y me comprometo a estar para lo bueno y lo malo. Y como yo muchos entusiastas individuos. Llega un bache profundo. Para la mitad de los que están por allí se acaba el entusiasmo. Salen pitando. Miran para atrás intentando comprobar que, efectivamente, los que se quedan son sólo insensatos e ignorantes, un grupo de probrecitos que no saben lo que hacen. En realidad, creo que se obligan a pensar de ese modo para, más tarde, cacarearlo justificando su huída. Eso nunca lo reconocen en público, claro. Viste mucho más mofarse del que se queda.
Si el bache se supera algunos tienen la desfachatez de regresar disfrazando lo hecho con recibos por pagar, presiones de no sé quién y cosas así. Si el bache sigue donde estaba, todos se limitan a mirar cómo te vas hundiendo, disfrutando de la estampa.
No es la primera vez que he tenido que ver algo parecido. Ni será la última. Generalmente, no me preocupa. Si alguien capaz de hacer eso se te cruza por el camino lo mejor es alejarse de él. Suelo estar calladito. Sólo cuando alguien me pregunta o se acerca para algo que tiene que ver con el asunto. Aguanto hasta donde puedo porque creo que hago lo que debo. Al menos duermo tranquilo. Junto a un fracaso inminente que me puede arrastrar, pero tranquilo.
Sin embargo, hoy he decidido que eso no tiene porqué ser así. Eso de estar callado, esa especie de altruismo anónimo que no sirve para nada, se acabó. Queda para los jóvenes que aún conservan intactas las ilusiones y su romanticismo. Como ya ni soy joven, ni conservo ilusiones, ni soy mínimamente romántico, voy a decir lo que me dé la gana. Es mejor.
El que no está conmigo no está. Fácil. Eso de buscar alternativas diciendo “te quiero mucho, pero…” no me sirve. Nunca me sirvió a pesar de sonreír al escucharlo tantas veces. Hay cosas que no permiten matices, ni medias tintas. A tu lado o lejos. No hay otra posibilidad. Si te entrego buena parte de lo que soy, de lo que sé, si te abro una puerta de par en par, no cabe salir corriendo para llamar enfrente porque todo lo que hagas allí lo estás dejando de hacer aquí. Aunque me quieras mucho y esas cosas tan vacías.
Puede parecer que esta postura es extremista. Sin embargo es la reacción ante otra muy lesiva, ventajista y, sobre todo, mezquina.
Cuando he afirmado que me alegraba si a fulano le iba muy bien después de hacer una faena, estaba mintiendo. Ni me alegra ni me deja de alegrar. Mi relación duró hasta el momento en que me sentí traicionado. Ni más ni menos. Por tanto, le tengo (a fulano) por persona de poco fiar. Y el que se junta a él pasa a ser sospechoso con razones de peso o sin ellas con las que justificar lo que hace.
Como estoy harto de hipócritas disfrazados de gente con problemas, necesitados de seguridad, hasta aquí he llegado. Ni un paso más. Aquí estoy y el que quiera que se arrime. El resto a desfilar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

21/11/09

Asesinato. O muerte natural. Es igual.


El viaje de vuelta es siempre triste. Sea cual sea la causa, sea cual sea el momento. Pero uno de esos regresos es la experiencia más cruel para el ser humano. Desde ese lugar donde la imaginación te llevó alguna vez. El más duro de todos.
Acampas en un espacio hecho a medida, repleto de esas cosas que siempre quisiste, acompañado por los elegidos. El lugar que te corresponde en cada sueño por cumplir. Te mueves por allí sin preocupaciones, sin más pretensión que la de disfrutar de lo que eres, escuchando los murmullos que faltaron cualquier otro día. Y alguien te toca en el hombro; despierta, dice, parece que estás atontado, hay cosas que hacer. Miras alrededor, compruebas que nada es posible si mantienes los ojos abiertos. Y en un último intento tratas de entornar los ojos para que se alargue de nuevo una imaginación muerta, asesinada casi siempre. Pero nada que hacer. La realidad se impone. Hasta que un día tomas la decisión. Nada de sufrimientos estúpidos. La imaginación muerta, asesinada. Y tú mismo con el cañón apuntando a la sien.

Queremos lo nuestro a toda costa. Somos celosos de lo que creemos es parte de nosotros. Aunque, finalmente, terminamos cediendo todo lo que antes no hubiéramos soltado por nada del mundo. Por eso, cuando la persona a la que siempre amamos termina descansando en lugares inaccesibles, a la sombra de otro cetro, comenzamos la espera lamentándonos y la terminamos asumiendo que no poseemos nada, ni lo queremos tanto como para sufrir. En este mundo lo nuestro es lo que podemos pensar. La ficción que nos recoge para que podamos sobrevivir un par de minutos más aunque con el terror en la palma de la mano.

La vida tampoco es tan horrible vista desde la nueva butaca que ocupo. Lo único que me falta es el espejo de siempre en la esquina de siempre. El resto es igual.
© Del Texto: Gabriel Raírez Lozano

20/11/09

Otra ilusión


El tren se detuvo a la hora prevista. Bajó del vagón con las gafas oscuras ya puestas. La chaqueta de cuero negro sobre los hombros y un cigarrillo en la mano derecha. Caminó por el andén intentando encontrar su rostro entre los cientos de personas que esperaban impacientes tras las cintas que marcaban la zona de seguridad. No era capaz de distinguir nada.
El cigarro encendido, los pasos nerviosos, alguien le llama, aquí, aquí, las manos agitándose, una sonrisa verdadera.
- Vayamos a la playa. Me apetece mucho pasear.
La brisa sopla con cierta fuerza. Insistente. La conversación tranquila. Parecen saber que la suerte está echada desde mucho antes y, por eso, juegan a ser lo que todo el mundo espera de ellos. Hablan omitiendo lo que puede herir al otro. Eso sí está permitido. Lo que no cabe es la mentira.
- ¿Por qué nos queremos tanto?
- Si no lo hiciéramos nos moriríamos de pena. Los dos, dice ella.
- No, no creo que sea por eso. Me temo que tiene más que ver con la vida que con la muerte. Nosotros no podemos faltar ahora. Lo que nos pasa es que queremos vivir ilusionados.
- La ilusión puede encontrarse en cualquier sitio, replica la mujer. Eso es poca cosa.
- Una ilusión se encuentra allá donde se busque. Eso es verdad. Pero hablamos de cosas diferentes. Esta carece de la más mínima esperanza y, por eso, no puede destruirnos.
- Qué cosas tan raras piensas, dice sonriendo.
- Por eso te encanto, dice el hombre mientras levanta las cejas un par de veces.
Regresan a la estación. Se despiden con un solo beso en la mejilla. Camina hacia el vagón sin mirar atrás. Dolor casi físico.
Cuando se sentó, apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca, cerró los ojos, trató de relajar cada músculo que podía sentir. A los pocos minutos, recibió un mensaje en su teléfono móvil. El último. Sí, hay esperanza. Lo sé. Sin pensarlo contestó. Sabía que tarde o temprano se enfrentaría a algo parecido. Sí, lo sé, fue la respuesta. Entonces, en ese preciso instante, supo que se dejaba atrás toda una vida. Allí en la estación. Por siempre jamás.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

19/11/09

Tatamis y colmillos retorcidos


No hace mucho que Guzmán Ramírez se ha estrenado con el judo. Sigue los pasos de su padre y de sus hermanos (Gonzalo será cinturón negro dentro de muy poco tiempo y Guillermo abandonó hace algunos meses). Aún habiendo pasado por estas cosas ya dos veces, me sigue haciendo gracia ver al jovencito andar por encima del tatami. Ya veremos cómo evoluciona y si termina teniendo la suficiente afición como para llegar lejos. Primeras caídas de costado, de espaldas, primeras técnicas y, de momento, poca leña. Sus compañeros son todos parecidos. Pequeñitos, cándidos y, más que nada, juguetones. Otra cosa bien distinta es lo de Gonzalo. Cada combate en competición es una pelea en la que dos tíos hechos y derechos tratan de derribar al contrario sea cual sea el precio. El último que ha tenido que pagar es una lesión de clavícula que no mejora y que le terminará haciendo perder buena parte de la temporada. Ya paso algo de miedo cuando le veo competir. Ante algo tan parecido las sensaciones son completamente diferentes. Más de todo en el caso de Gonzalo. Más fuerza, más músculos, más picardía en la pelea porque triplica en edad a su hermano. Eso es algo que anotamos en el haber con el paso del tiempo. Más mala leche.
Las empresas están llenas de personas con el colmillo retorcido, los políticos saben más por viejos que por políticos, los que siempre fueron malos son (pasados los años) lo peor. Cuando escucho eso de que los viejos son como niños me da la risa. Serán igual de caprichosos y sus ideas serán de lo más surrealista, pero a mala leche no hay quien les gane si es que la sacan a relucir.
Observar cómo dos críos de cinco años practican judo es, incluso, relajante. Intentan aprender a colocar los pies en su sitio, a tensar los músculos del cuello para no dañarse al caer, se ponen enfrente del contrario para mejorar y conseguir que su profesor les felicite. Para pasar un buen rato, para hacer la vida amable.
Observar cómo dos adolescentes tan altos como torres y músculos duros como piedras es inquietante. Salen del vestuario con el rostro serio, el pensamiento fijo en un combate que llega poco después (el que ha competido sabe que un deportista es capaz de visualizar lo que tiene que hacer con una exactitud impresionante). Miradas serias, casi amenazantes. Todo lo que se mueve en el mundo no cuenta. Las peleas son duras. Sudor, caras de desesperación cuando las cosas van mal, de sufrimiento siempre. El trabajo de meses se puede quedar en nada después de un mal gesto.
Observar cómo dos adultos gastan toda su mala leche entre ellos es patético. Todo lo sucio acumulado durante años adorna un momento lamentable.
Sólo luce el genio si viste ropa deportiva. Sólo si hay reglas iguales para todos la pelea es digna de ser vista. Sólo así carece de peligro.
Guzmán acaba de descubrir lo que significa compartir un tatami y un vestuario. Gonzalo lo sabe de sobra y, cada día que entrena, crece como persona alrededor del deporte. Yo tengo que andar esquivando guantazos allá donde voy y encuentro a un tío que quiere enseñar lo que es capaz de hacer cuando se acuerda de lo malo que puede llegar a ser. Y también reparto lo mío. Supongo. Triste.
Da gusto ver a los muchachos progresar. Da pena ver lo demás como se descompone cuanto más extenso es el haber que confundimos con el debe.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano