
Matilde.
No puede evitar sentarse en el suelo. Necesita tranquilizarse. Una tiene más que ella, otra menos, no falta quien es más bella, el marido que ofrece más que el suyo, el que se la juega a su mujer mientras el suyo es un probrecillo, los niños más graciosos que los propios. Las reuniones con sus amigas terminan siendo siempre igual.
Desde niña le acompaña esa sensación. Lo sabe. Quisiera poder deshacerse de una tortura constante, pero le resulta imposible.
La rabia le llena la boca, tira las cosas con fuerza preguntándose el por qué. No puede evitarlo. Pide perdón aunque sabe que no es suficiente, que acabará con ella, antes o después.
Suena el timbre de la puerta. Toma aire despacio. Se levanta para caminar con cuidado hasta tocar el picaporte. Una visita inesperada, la que más odia de todas. Agradable, bondadosa, afortunada en casi todo. Finge una sonrisa como puede. La conversación le parece una estupidez. Lo que desea es que se muera allí mismo, ver como se retuerce entre tanta luz, entre tanta fortuna. Y, entonces, ocurre.
- Bueno, quería decirte que me voy a mudar a otra ciudad. Aún no sé dónde. Mi marido me dejó hace tres días. Quiero vender el piso lo antes que sea posible. Si conoces a alguien interesado, por favor, avísame. Eres afortunada, Matilde, cuida de lo que tienes. Esto va a ser un infierno.
Quiere alegrarse, desea poder festejar su desgracia. Sin embargo, se sienta en el suelo, en el mismo lugar de antes, respirando con dificultad. Imagina la aventura que supondría para ella. La que nunca vivirá.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano














