17/03/10

Peligro: se escribe


Llega la primavera. Y, con ella, mi alergia. Ya están aquí.
Cojo un vaso. Me fatigo. Voy a la nevera. Me fatigo. Un asco. Nunca en mi vida había tomado medicinas para sobrellevar algo tan incómodo. Esta vez, sí. En dos días me ha dejado (la alergia) completamente destruido. Hay cosas que no perdonan, que no saben hacerlo.
Entre estornudo y estornudo, entre picor de nariz y carraspeo de garganta, entre lágrima (sin emoción alguna, llena de polen) y un movimiento cansado, leo un ensayo de Baricco. Los bárbaros. No es nada del otro mundo, pero me entretiene lo suficiente. Ligero, muy adecuado para el trasporte urbano o para un jovencito que quiere descubrir el mundo o para alguien con una alergia asesina sobre él.
Baricco es un autor engañoso. Muy maltratado a veces. Parece que lo que escribe (me refiero a la narrativa) es facilón, carente de una calidad definitiva que algunos enseñan dictando la primera frase aunque creo –de verdad lo creo- que no es así. Ni mucho menos. Detrás esa literatura tan aparentemente ligera quedan cosas sin decir aunque están; sus libros son, técnicamente, exquisitos (alguien con ganas de aprender el oficio debe echar un vistazo a novelas de ese estilo). Podría parecer que la literatura de Baricco es la oficial de peluquerías y talleres literarios baratuchos, podría parecer un autor menor dedicado a los best sellers apañados. Sí podría parecerlo. Y ver así lo que escribe sería una injusticia colosal.
Trabaja con un vocabulario muy reducido y, al mismo tiempo, muy contenido; evita las imágenes salvo que sean estrictamente necesarias, huye de los recursos estilísticos que en otras novelas aparecen tras el escaparate de la horterada (un recurso utilizado sin ton ni son es lo más penoso que se me ocurre si hablamos de literatura). Y esto no es otra cosa que narrar lo complejo de forma fácil. Muy distinto a escribir de forma facilota y ventajista. Es más, conseguirlo es muy costoso.
Me agrada leer a Baricco por muchas razones. Sobre todo por su honestidad al escribir. Ni quiere parecer lo que no es ni lo pretende. Sabe cuál es su sitio y se encuentra muy a gusto en él. Creo yo que le encanta.
Estornudo, toso, me agoto. Escribo sin ganas, dejo de hacerlo del mismo modo. La primavera llega. La alergia. No perdonan. Como tampoco lo hacen con Baricco (algunos). Ya se sabe que el gran mal del escritor actual es la envidia insana. Si ve algo que funciona arremete con intención de derribarlo, aludiendo a que él sería capaz de hacerlo mucho mejor, que todo es una injusticia, un gran error. Arremete en nombre de los grandes de todos los tiempos aunque no escriba ni postales (este se suele dedicar a la crítica literaria siendo joven y luego escribe cualquier cosita y pasa al grupo anterior). Ni un minuto para escribir. Todo el tiempo del mundo para envidiar destruyendo. Es esto de escribir una profesión que alguien sensato debería declarar de alto riesgo. Entre los destructores y los advenedizos y los escritores que no escriben y los que dicen que son escritores sin serlo, esto se ha convertido en un lugar insoportable.
Voy a seguir estornudando. Un rato nada más. Hoy toca descansar pronto.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Concha Buika - Ay de mi primavera






16/03/10

Por encima de todos


Dicen que el olor es algo que nunca se puede olvidar. Pasan veinte, treinta años, y ese aroma que tanto te gustó cuando paseabas por las calles de El Cairo allí sigue, allá donde estés. Aunque, también, el olor de los muertos se queda para recordarte el juego en el que participas. Un guiso, la pradera de aquel verano, un puñado de la tierra que abandonaste. Todo huele, por siempre, en el recuerdo.
Debe ser por eso que tendemos a asociar lo que sea con un olor cualquiera, ni siquiera tiene que ser con el suyo. Nos sirve cualquiera que sea evocador. Las cosas cambian, desaparecen, aparecen en lugares extraños. Con su olor, con uno prestado. Ese que no cambia aunque la cosa no exista ya.
Todo tiene su propio aroma. El perro huele a perro, una manzana a manzana, la gasolina a gasolina. Pero, en realidad, olemos un recuerdo. Un perro huele a la casa de campo de los abuelos, una manzana a verano, la gasolina a aquel accidente en el que casi pierdo la vida.
Debe ser por eso, también, que a unos les gusta un olor y el mismo desagrada a otros.
De todos modos, hay un olor que está por encima de todos. Y debe ser por eso por lo que las mujeres huelen a talco. Todas sin excepción. Intentan camuflarlo para ser distintas sin saber que una mujer es (como todo en este universo) un símbolo, que si descubrimos lo que esconde una primera capa embustera encontramos la esencia, que la esencia de las cosas es siempre la misma, que siempre huele del mismo modo. Esta vez a talco. A maternidad, a ternura. A talco. A sensualidad, a delicadeza. A talco. A sagrado, a madre, a esposa, a hermana. A todo lo que es sagrado. A eterna compañía. A talco.
Y pasarán veinte, treinta años o la vida entera sin que ese aroma deje de estar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Kool and The Gang - Celebration






15/03/10

Almas


Si alguien se acerca susurrando algo, si toca un hombro con delicadeza o mira con tranquilidad esperando (sin esa violencia con la que queremos hacer cualquier cosa, incluso soñar), si alguien es capaz de hacer eso, el mundo se detiene en el sentido. En el propio, en el que recibe un gesto único, un sonido que protege de cualquier otro, el olor tenue de una vida entera, infinita. El universo encerrado en la pupila, en la punta de la lengua, sobre la piel que se agrietará sin olvidar nunca más.
Si alguien se acerca envolviendo ahora, devolviendo cuando toca, rescatando, protegiendo, cubriendo el mundo con su gesto enorme y poderoso; es el momento en el que se descubre que las palabras están llenas de significado. Un alma en la que no crees toma la forma del incrédulo que puede amar, llorar, odiar o reír sabiendo que la mentira era la soledad.
Sea lo que sea, tenemos alma. Efímera o eterna. Eso es igual. Dormida, esperando a descubrirse. Con un susurro. O una caricia.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Bill Evans - Elsa






14/03/10

Vida enlatada, muerte encajonada


Trece de marzo de dos mil diez. Vuelo I Be cero nueve cinco dos. Salida desde la terminal te cuatro del aeropuerto de Madrid – Barajas. Destino: aeropuerto Tenerife norte…
No me gusta volar. Nunca me ha gustado y, por más que lo hago con frecuencia, no me termina de convencer eso de meterme dentro de un motón de piezas ensambladas y pilotadas por alguien que no conozco de nada, para ir de un sitio a otro. Pero hoy me gusta mucho menos.
Al llegar alquilaré un automóvil. Sin ganas, conduciré hasta El Palmar (es un barrio de Buenavista del Norte, localidad del norte de la isla). Allí he escrito buena parte de mis novelas. Y si tuviera que elegir un lugar para vivir (aparte de Madrid) sería ese. Buena gente, buen clima, la mezcla perfecta entre playa y montaña, tranquilidad. Sin embargo, hoy no quiero llegar, hoy no. Lo que me espera es un amigo muerto. Mi buen amigo Coromoto (qué nombre tan extraño para un tipo tan sencillo) ha cuidado siempre de mi familia y de mí mismo mientras hemos estado por esas islas pasando temporadas de verano. Está muerto. Ni siquiera sé qué ha pasado, cómo ha sido posible algo así, qué hago encerrado en este maldito avión.
El viernes, muy pronto por la mañana, comencé a recibir llamadas telefónicas. Me quisieron avisar todos los amigos comunes. Araceli (desde el otro lado de la isla) me avisó la primera. Cuando colgué no supe qué hacer. Tristeza, conmoción, ganas de llorar. Y, ahora, estoy metido en un avión, pasando un mal rato por volar, sabiendo que pasaré un día entre gente apenada por la falta, con la mirada perdida entre los recuerdos, entre las cosas que han dejado de hacer o decir y que nunca podrán resolver con quien correspondía. No quiero llegar porque temo ver a Cati (su esposa) y me aterra no saber qué decir ni qué hacer. La muerte desde lejos parece poca cosa. Sin embargo, sé que estaré sentado –otra vez- a su lado. La veré enorme, poderosa.
Empiezo a estar harto de que se me mueran alrededor. La fatiga ya empieza a ser insoportable. De verdad.
En casa se han quedado tristes. Mucho. Me han cargado de besos para repartir entre los vivos. Pero con una sonrisa dibujada al pensar en él. Espero que a los niños les quede ese recuerdo entrañable de Coromoto cantando mientras comíamos arepas, de Coromoto gastando bromas, imitando el timbre de voz de “los godos”, contando historias sobre espíritus que tanto inquietaban a todos. Qué buen tío era, joder. Y ahora está muerto, metido en una caja sin moverse, sin poder decirme nada cuando llegue. Ni yo a él.
Allá en El Palmar estarán tristes. Y me llenarán de besos para repartir entre los vivos al regresar a casa. Besos tristes.
Hoy todo es triste.
Trece de marzo de dos mil diez. Vuelo I Be cero nueve cinco tres. Salida desde el aeropuerto Tenerife norte. Llegada a la terminal te cuatro del aeropuerto de Madrid – Barajas…
Él ocupa la butaca veinte de. Yo ocupo la veintiuno ce. Debe tener tres o cuatro meses por lo que comparte espacio con su madre. Yo tengo cuarenta y seis años. Por no tener no tengo ni compañero de viaje. La butaca de mi izquierda se ha quedado vacía. El bebé se acaba de poner hasta las trancas de leche materna. Los carrillos rojos como tomates, cara de satisfacción y expulsando aire por cualquier orificio que sirva para ello. Hasta arriba, vaya. Yo apenas he comido. Ya lo haré cuando esté en casa. Cuando la tripulación se lanza por los pasillos a vender comida barata a precio de oro pienso en buscar la cazadora en el portaequipajes, la cartera en la cazadora, el dinero en la cartera. Y siento pereza. Estoy muy cansado. Derrotado. El enano de la veinte de me mira y ríe moviendo las manitas. Le pongo caras, le guiño los ojos, le saco la lengua. Nos reímos. Le dejo mi pluma. La muerde, la chupa. Mientras, escribo con un bolígrafo que siempre llevo de reserva. Supongo que por si encuentro bebés por el camino.
Escucho música, escribo, trato de olvidar un día cansado, lleno de abrazos. Un día en el que he visto con claridad lo que representa un padre en la vida de los jovencitos, un marido para una esposa enamorada. Y he comprobado –una vez más- qué es lo que supone perder a alguien al que quieres.
Sé que un escritor no debe escribir cuando no tiene una perspectiva clara sobre lo que quiere contar. Así que evito una sola línea sobre las ideas que me vienen a la cabeza y que ya tendré tiempo de ordenar. Es el momento de pedir al enano (de la veinte de) que me devuelva mi pluma, guardar mis cosas, cerrar los ojos tratando de descansar y pensar en Coromoto. Eso lo puede hacer cualquiera, incluso un escritor. Antes de acomodarme miro al enano. Duerme. ¿Con qué soñará un niño tan pequeño? Cuanta vida y cuanta muerte encerrada en cajas, en latas que vuelan.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano
(Ni siquiera sé por qué elijo esta canción. Pero escucho vida en ella y aquí la dejo)
prefab sprout - cars and girls






11/03/10

Ya está aquí


Mil novecientos setenta y cuatro. Yo tenía algo más de diez años. Fue la primera vez que lo sentí. Estaba sentado en una silla de la terraza. Supe que iba a pasar. Muy poco después ocurrió tal y como lo había imaginado. Desde aquel día presiento todo lo que sucede cerca de mí y que es algo extraordinario. Se trata de una sensación muy extraña, como si me arropasen con algo tejido con hilos de lo futuro, con sus ruidos, con el nombre de los que estarán, con sus olores. Ya sé que suena a locura, a disparate, lo sé, pero es así.
A veces me ocurre también con las cosas pequeñas. Hubo un tiempo que mis compañeros de trabajo me preguntaban cada mañana si íbamos a tener algún follón ese día o la cosa estaría tranquila. Pero, casi siempre, me sucede cuando se aproxima un acontecimiento importante e imprevisto.
Hace un par de semanas lo noté. Sabía que estaba de camino. Y no me gustó ni pizca. Sin saber de qué se trataba supe que no podría ser nada bueno. Siempre aparecen pequeñas señales unos días antes. Llegan como lo harían las estrellas fugaces antes que un gran meteorito para destruir la tierra.
Y ya está aquí. Pasajero como todo en esta vida, doloroso como todo en esta vida. Irrelevante al fin y al cabo. Pronto será un recuerdo, algo que modificó el rumbo de mi existencia levemente. O por completo. Ya lo veremos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Bill Evans - Autumn Leaves






10/03/10

Viaje con fin


Se sientan al mismo tiempo. Una frente a otro. No es la primera vez que sucede. Algún día coinciden haciendo el trayecto de pie. Cercanos los hombros. Pero casi siempre es así. Uno frente al otro. Ella de espaldas a la marcha del autobús. Él leyendo una novela forrada con papel blanco. Ella escuchando música. Él levantando la vista cada poco.
La lluvia cae con fuerza. Los cristales de las ventanillas se llenan de vaho. Alguien pide a otro alguien que abra un poco para no morir asfixiados.
Él se levanta. Nadie se fija en un pequeño papel que queda en el asiento. Cuando una mujer va a ocupar el asiento vacío pregunta. ¿Es esto de alguno de ustedes? Ella no lo duda. Sí, es mío, gracias. Desdobla el papel. Lee. Sonríe.
Llega a su destino. La lluvia arrecia. Camina con cuidado sorteando los charcos. Con una mano sujeta el paraguas. La otra, dentro del bolsillo, juguetea con el papel. En la oficina. Saluda. Se sienta. Marca un número de teléfono mientras mira el papel. Soy yo, me llamo Carlota, ah, muy bien. Adiós. Cuelga dejando la mano sobre el auricular. Tres o cuatro minutos.
Se sientan al mismo tiempo. Uno frente a otro. Él abre su novela. Ella escucha música. Él levanta la vista. No la vuelve a bajar.
Se sientan al mismo tiempo. Uno frente a otro. Se apean en la misma parada. Caminan despacio. Charlan. Telefonean. No puedo ir a trabajar. Se sienten indispuestos. Caminan. Se descubren. Caminan.
Se sientan al mismo tiempo. Uno frente a otro. Luego te llamo, dice él antes de levantarse. Ella sonríe. No olvides que tenemos que ir al centro. No, no, tranquila.
Se sientan al mismo tiempo. Uno frente a otro. Ella mantiene las manos sobre la tripa abultada. Me muero de ganas por conocerle, dice ella. Sólo quedan un par de meses, contesta él.
Ella se sienta. Un muchacho ocupa el asiento de enfrente. Abuelo, siéntese aquí. Gracias. Miran por la ventanilla. Levantan la mano si quieren que el otro se fije en alguna cosa olvidada. Pasan de largo en la parada de él. Y sonríen.
Ella se sienta. El trayecto se le hace eterno. No puede dejar de pensar. Con una lágrima siempre a punto de escapar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Ray Charles and Norah Jones - Here We Go Again






07/03/10

Imbéciles


He tenido la fortuna de conocer gente realmente imbécil a lo largo de mi vida. Fortuna, sí. Saber exactamente lo que no debe hacerse bajo ningún concepto es una ventaja muy importante. Los imbéciles (al menos con los que he topado) suelen ser gentuza. Su mediocridad, su inseguridad, todas sus miserias, las vuelcan sobre los demás intentando que no se vean con claridad todos sus defectos. Hacen infeliz a mucha gente sin lograr sentirse bien con ellos mismos. Son imbéciles y estúpidos. Me los he encontrado en muchos lugares y con diferentes apariencias (de escritor, de cura, de padre e hijo, de empresario, de currante amargado o de adolescente con dinero). Los hay por todas partes. Y son muy peligrosos porque, además de arrasar lo bueno que encuentran en su camino, creen tener razón arropándose con su propia imbecilidad. No negaré que alguno desarrolla cierta astucia al rodearse de algunos mucho peores que él mismo como forma de supervivencia. Ahora bien, antes o después terminan donde corresponde. Suelen ser cobardes y eso se paga caro.
Esta gentuza intenta hacer picadillo a todo aquel que destaca por su brillantez. Lanzan contra ellos a un ejército de pusilánimes que jamás soñaron con ostentar cierto poder e incapaces de ver que lo que realmente ocurre es que son utilizados como perros de presa de otros menos idiotas que ellos mismos. Por ejemplo, ese compañero que no sabe hacer la o con un canuto y al que nombraron jefe de no sé qué, ese hijo de un jefe que nunca se irá a casa jubilado sin el temor de ver a su hijo hundiendo la empresa o siendo el hazmereír. Gentuza envueltos por gentuza. Todos quieren parecer menos imbéciles de lo que son. Son imbéciles, estúpidos y peligrosos.
Crecen en número, ocupan lugares de cierta importancia en empresas y partidos políticos, aparecen en la televisión, parecen importantes. Nombran a otros imbéciles. Y el resto a currar. Porque son imbéciles, estúpidos, peligrosos y muy, muy vagos.
Pero ¿Cómo es posible esto? ¿Qué está pasando para que el mundo esté en manos de estos personajes? Es mucho más sencillo de lo que puede parecer. La gente dedica su tiempo a disfrutar de la vida, a cuidar de su familia, a pensar, a trabajar sabiendo que en eso no le va la vida. Mientras los imbéciles se dedican a intrigar, siembran cizaña, no ven a sus hijos a costa de amasar algo de poder y procuran ganar un dinero que no gastarían ni siendo normales. Más tarde se juntan y violà.
Pero tengo malas noticias para todos ellos. Se mueren igual que los demás, su dinero termina malgastado por sus hijos (esos a los que maleducaron) en puticlubs y casinos, todo lo que destruyeron se vuelve contra ellos. ¡Criaturitas! Hay que ver lo imbéciles que pueden llegar a ser.
Tenía ganas de dedicar un texto a todos aquellos que me han ayudado a prosperar en la vida, siendo tan generosos conmigo, al mostrarme cuál era el camino equivocado (me refiero a los idiotas y lo aclaro porque no terminarán de entender todo esto). Y qué mejor forma que describirles con todo mi cariño. Si alguna de las personas que ha leído esto se ha visto retratado que no lo dude, es uno de ellos. Sé que me leen. Son tontos hasta para eso y necesitan motivos para odiar (me). Para todos vosotros, majetes.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Santiago Auseron - El tonto Simon






Siniestra


Una de las cosas que diferencian a los autores con cierto oficio de los que no lo tienen es que, estos últimos, sienten una necesidad casi irracional de contar todo lo que les viene a la cabeza. No sería ningún problema si lo hicieran en diferentes cuentos y novelas en lugar de en una sola (generalmente la primera). Aunque se empeñan en hacerlo.
Uno de los grandes problemas de la literatura actual es que se construye (se destruye, tal vez, ya lo veremos con el tiempo) por autores que no tienen claro cómo construir el punto de vista de la narración. Sospecho que, con frecuencia, no saben ni lo que es. Lo intuyen en el mejor de los casos, pero sólo eso.
Otro problema colosal que presenta la literatura moderna es que se escribe para publicar, para vender ejemplares. Los autores quieren integrarse en un circuito absurdo y vergonzoso escribiendo novelas que se sujetan en tramas absurdas y vergonzosas. Un desastre absoluto que ya veremos cómo acaba.
Siniestra (Editorial Plataforma, 2010) es la tercera novela publicada por Javier Arriero. Las anteriores pasaron desapercibidas, penosamente desapercibidas puesto que eran buenas novelas. Espero que esta Siniestra sea la que le construya un hueco duradero en las mesas de novedades editoriales. Porque Arriero enseña oficio desde la primera a la última línea de su nuevo trabajo, contando lo necesario, creando un clima coherente y verosímil. Porque, técnicamente, la novela es impecable. Y porque consigue una obra que, sin ser facilona, nos arrastra suavemente hasta donde la voz narrativa (perfectamente diseñada) desea. Siniestra es una novela histórica bien construida, bien documentada, bien rematada y en la que se aprecia un intento de hacer literatura auténtica, cosa muy de agradecer tal y como están las cosas.
La religión y cómo la recibe cada ser humano (un solo Dios construye millones de religiones) es la columna vertebral de la narración. Una trama salpicada de asesinatos es el vehículo que el narrador utiliza para ir dejando su tesis clara desde el primer instante. Un momento histórico crucial para el cristianismo, con Arrio y su herejía en pleno apogeo. Una novela de trama en la que las ideas no se convierten en anécdota, en la que las zonas expositivas de riesgo son elegidas con cuidado y explotadas al límite. Y sin catequesis de por medio. El autor es especialmente hábil en este sentido y no pisa zonas que pudieran convertir su obra en un mal catecismo. Se trata de una novela sin pretensiones teológicas. Se trata de una excelente novela, de una excelente forma de demostrar que no es necesario decir tonterías para escribir algo atractivo y con cierto calado al mismo tiempo.
Es verdad que, de forma, puntual, el tono que aparece en algunos diálogos resulta algo inverosímil. Pero el lenguaje actual hace muy difícil que ese efecto desaparezca. Y es verdad que , en algún momento, puede parecer que la voz se desliza ligeramente hacia la injerencia autoral. Pero son cosas muy localizadas que no enturbian el trabajo en su conjunto.
No quisiera desvelar ni una línea de lo que en Siniestra se cuenta. Ya está dicho lo fundamental. Ahora es el lector el que tiene la última palabra. Y muy confundido tengo que estar si no es esta una novela que terminará haciendo ruido. Un ruido que, por otra parte, Arriero debería haber escuchado hace mucho tiempo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Charlie Haden - El ciego






06/03/10

Golpes de timón


Los caminos que hay que recorrer tratando de llegar a ser honesto son, muchas veces, extraños. Y, lo peor, es que uno (el que camina hacia ese encuentro consigo mismo) sabe lo que hace, pero el resto no, llevándoles a pensar de forma errónea, a interpretar cada movimiento como una mezquindad, una traición o una falta de educación colosal.
Me considero campeón del mundo en hacer quiebros al destino intentando no traicionar mis principios. Me considero campeón del mundo en confundir a otros mientras doy golpes de timón sin explicación alguna. Al fin y al cabo estoy convencido de que todo en la vida debe plantearse a largo plazo, que su verdadero significado (el de la vida, el de las cosas que acompañan) aparece en su justo sitio llegado el momento. En el exacto. Ni antes ni después.. Pero, por fortuna, también me considero campeón del mundo en tener claro (muy, muy clarito) lo que es bueno, lo que es una cabronada, lo que debo hacer o lo que tengo que evitar sea como sea. Tengo claros mis principios, mi ideología, dónde está el final del camino que tracé tiempo atrás y del que no puedo, ni debo prescindir. Pase lo que pase, el camino está dibujado. Es verdad que durante el viaje tendré que modificar esa curva tan peligrosa o acortar una recta eterna y aburrida. Eso es verdad, pero lo fundamental no variará. Principio y fin. Yo y lo que creo que es la honestidad.
Sé que para algunos los movimientos que hice, que hago y que tendré que realizar en el futuro son completamente absurdos, insultantes, cobardes o crueles. Sé, también, que los que me acompañan ya entienden que el que los hace es el mismo individuo antes, durante y después. El que conocieron. Me difumino, me diluyo, desaparezco y vuelvo al lugar que toca siendo yo. Aprendí hace mucho tiempo que, casi siempre, para evitar males enormes es necesario un daño circunstancial, de los que tienen solución con una charla o un beso. Los que me acompañan han aprendido a no llevarse las manos a la cabeza sino a esperar preguntándose qué coño me pasará esta vez.
A cambio, procuro hacer lo mismo con ellos. Dejo que se alejen tanto como quieran. Ya volverán. La vida es larga y si se acaba de forma inesperada no pasa nada. Para eso tenemos la eternidad.
Digo todo esto porque andaba pensando que eso de la honestidad pertenece al individuo. Es él quien la ejerce y nada ni nadie se la puede robar. Si no existe voluntad de perderla no hay posible extravío.
La vida es un recorrido que se realiza en solitario, que adornamos con amores, paternidades o grandes amistades, pero cosa de cada cual.
La vida soy yo, mis objetos, mi insignificancia en el cosmos, mis principios, mi forma de entender las cosas, mis personajes, mis convicciones, mis creencias religiosas. La vida soy yo. Y la compañía de todos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Michael Buble - You`ll Never Find Another Love






03/03/10

Lo que sujeta el ser


Hablan con tranquilidad. Uno frente al otro. Es la mejor forma de hacerlo porque sin mover un solo músculo pueden calmar el ansia acumulada por una mirada, un beso, el gesto que tanto le gusta a uno, esa forma de entrecerrar la boca al dejar una palabra sin acabar de decir que adora el otro. Pueden juntar ambas manos con ambas manos. Así se tienen. Sin perder detalle. Se sienten inmortales. Se saben eternos.
Ella cree evaporarse al escuchar que es sagrada, que sólo ella es capaz de remover lo oculto, lo que nadie más puede llegar a intuir que existe. Ni siquiera allí. Es imposible que lo que construye a un hombre otro lo pueda agarrar. El esqueleto sujeta la carne, lo que no se ve sujeta el ser.
Pero el reloj cumple con su trabajo. Comienza el tiempo de espera, de ideas agolpadas entre una próxima vez, quizás pronto. No hay espacio ni un puñado de minutos prestados. Y se despiden.
Mañana el despertador de uno, el dolor de espalda del otro. Un día más por consumir. Limpiar la celda, algo de deporte, lectura, perder el tiempo. Las malditas escaleras de la mañana, las de la tarde, la compra, recoger al crío, organizar ese desastre para que nadie lo note más de la cuenta.
Y antes de dormir pensar en lo sagrado. En serlo o en tenerlo al alcance de la mano cuando el tiempo corre más aprisa.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Till Brönner feat. Melody Gardot - High Night (Alta Noite)